lunes, 1 de marzo de 2010

Tercer encuentro

Llegué mucho antes que mi amo a la estación. Para empezar, olvidé avisarle que estaba llegando. En el camino iba nerviosa y me comí los dedos y arañé el esmalte de uñas. Así que llegué con los dedos sangrados y las uñas comidas. Luego decidí por mí misma esperarle en un lugar distinto al que habíamos quedado, ya que me pareció un sitio más cómodo y atractivo y esperé su perdida con maleta en mano, fumando mucho más en 40 minutos de lo que me estaría permitido en un día entero.
Su recibimiento fue frío, me dió dos besos con un suspiro helado y me ayudó a cargar la pesada maleta en el maletero. Decidí esperar que se le pasara tratando de no hablar de más para no meter la pata (mi especialidad).
En el camino me quité el cinturón de seguridad para quitarme el vestido de punto y lucir el de lycra roja que llevaba debajo. En el camino puse mi mano en su entrepierna y abrí las mías y su enfado pasó rápidamente (o eso me dejó creer).
Paramos en un bar y pidió sendas tapas. No le gusta que me haga de rogar cuando me dice "come" y comí sin rechistar, a sabiendas de que sólo eran tapas y después vendría un plato fuerte. Como siempre, reparó en mi delgadez, pero dejó el tema para más tarde.
Al llegar a casa nos pusimos cómodos, servimos la mesa, comimos bien y luego se ausentó unos minutos, que yo aproveché para cambiar mis medias de nylon por un conjunto de rejilla agujereado muy bonito y mis botas planas por unas botas de tacón. Cuando regresó le esperaba junto a la chimenea, exhibiendo el conjunto que lucía bien bonito y que me hacía sentir tan hermosa. Mi amo, que sabe de mis complejos y autoexigencias en torno a mi cuerpo, no escatimó en halagos y me advirtió que sería lento y tierno, en parte porque ambos estábamos físicamente muy cansados de toda la semana, en parte porque sabía de mi necesidad de ternura y en parte porque después de mi última visita al ginecólogo temía abrir la herida (que a pesar de todo se abrió más tarde). Mi amo se empeñó en labrar mi paciencia y aguantarme las ganas, alejándose cuando lo creía conveniente para aumentar mi deseo y prolongar el placer. Comprobó que tenía mi coñito arreglado como a él le gusta (todo lo contrario a lo que le gustaba al anterior amo, también lo hacía para probar ese desligue) y me obligó a acariciarlo en su presencia, lamiendo de cuando en cuando mis dedos para humedecerlos.
Llevé el traje de mallas tanto tiempo como él quiso y luego me dejó medio enganada hasta la noche. Eligió el descanso y rehuyó mis caricias porque vio necesario que yo descansara, ya que el insomnio y el exceso de trabajo habían hecho estragos conmigo.
Pasamos la noche bajo la tormenta huracanada que destrozó medio tejado. Vigilamos la chimenea, sostuvimos la puerta, cerramos las ventanas y nos quedamos aislados (ni televisión, ni teléfono, ni internet...). Cuando amainó el viento tocó la guitarra hasta que me quedé dormida a su lado (algo que no le sentó muy bien).
Al día siguiente me hizo subir al tejado y vencer mi miedo. Mi amo siempre me quita un miedo cuando voy, una manía que tiene como otra cualquiera. Me obligó a tener los pies en paralelo y quitarme las bragas, mientras arreglábamos las tejas descolocadas y quitábamos las tejas rotas y luego me dejó de pie y sola un buen rato, bajo el sol, mirando el horizonte y totalmente quieta.
Después de aquello se fue a hacer unas gestiones y me dejó sola en casa. Recogí, limpié la casa y me puse a trabajar hasta que llegó. Después de comer, esta vez, no me dejó dormir la siesta. Pasé de rodillas y a cuatro patas buena parte de la tarde, también apoyada en la chimenea con el culo al aire... no entraré en más detalles.
Hablamos mucho, muchísimo. También estuve un buen rato escuchándole tocar, con mi bata de terciopelo abierta y el cinturón por corbata y las piernas entreabiertas para que me mirara mientras tocaba.
Convencido estaba de que teníamos la suerte de estar juntos porque "no han sabido verte, no han sabido mirarte, no han sabido tratarte". Me hizo sentir hermosa. Me hizo sentirme amada y me hizo sentir importante para él. No accedió a azotes ni a sesión dura porque, a su juicio, no estoy en condiciones de soportarlo y para eso tengo que tener un peso "x" (eso me suena de antes). Un peso que, hoy por hoy, no tengo la menor intención de adquirir. Aunque creo que eso depende de mí mucho menos de lo que parece, mi cuerpo tiene su propio criterio.
La despedida fue fría y extraña. Me regaló unos coches de juguete para mi hijo y nos prometimos que no pasaría tanto tiempo hasta el próximo encuentro. Por el camino tuvo a bien escucharme, era la primera vez que lo hacía de verdad y sentí que verdaderamente tiene la intención de que esto funcione.
En nuestros encuentros le llamo "mi amo" cuando él me lo pide y él me llama "su puta" cuando le place. Fuera de eso, es sólo (y es nada más y nada menos) algo que nace, algo que se afianza, algo posible. Pero también sé que tenemos los días contados. Hasta ahora él también lo sabía, pero me pregunto, después de este último encuentro, si él es tan consciente como yo de que esta historia, si bien hermosa, está condenada a ser breve.

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