Generalmente decimos esta frase seguida de un pero y una comparación de hecho. Y es que a veces resulta inevitable realizar comparaciones porque nuestros esquemas mentales los necesitan para realizar evaluaciones sobre nuestras situaciones vitales.
Lo que más me gustaba (y me gusta, mantenemos contacto) de mi ciber-amo era que siempre sabía a qué atenerme con él. Era consciente en todo momento de las acciones que le gustarían o le disgustarían, tal vez no hasta qué grado, pero nunca me llevé sorpresas desagradables del tipo "pensar que estoy haciendo algo bien cuando según él lo estoy haciendo fatal". Mis palabras decían exactamente lo que querían decir y provocaban en él el efecto esperado. Y lo único que me desconcertaba (y me desconcierta de él) es el grado de poder que puede llegar a tener sobre mí con una sola palabra. Él no tenía que devanarse los sesos para encontrar el mejor modo de explicarme las cosas, lo entendía a la primera. Sabía las emociones que provocaba en él. Una pena inmensa tenerle a miles de kilómetros.
Desde que llevo el cuello desnudo mido, evalúo y comparo porque a menudo siento que tengo el poder de elegir. He recuperado esa sensación de poder tan desagradable que me invade a veces, cuando me parece pasear por las salas del chat una analogía de las grandes superficies en las que sale una agotada de calibrar calidad-precio. Y es que a mí no me gusta nada, pero nada, ir de compras. Por suerte a mi "amo" nunca se le ocurrió mandarme a comprar un boli al Corte Inglés, ni obligarme a permanecer media hora buscando un libro entre miles de libros o a elegir una prenda entre miles de prendas.
Por eso mismo mis estancias en el irc son cada vez más breves, o me limito a permanecer en los lugares de siempre, salas pequeñitas en las que haya poco movimiento y no resulte tan pesaroso seguir un conversación.
Absorbida como estoy con el trabajo y mis cosas, mi vida social se reduce todavía más de lo que estaba y cada día me cuesta más esfuerzo tomarme la molestia de quedar con alguien, arreglarme, maquillarme, salir y aguantar horas fuera y entrar en sitios de chumba-chumba-pum-pum a espantar moscones. Y aquí me quedo, ojeando de cuando en cuando los catálogos de amos expuestos en escaparate, pavoneando su poderío a través de guiones aprendidos de memoria y mostrando a menudo a través de una cam un gesto de prepotencia insoportable (cuando no mascando chicle con la boca abierta y cara de asco). A menudo cierro o no me molesto en entrar de nuevo cuando cae la conexión y me decanto por un café a las puertas del teatro. Algunas comedias aburren. Y el IRC me parece, cada día más, una mascarada inmensa y agotadora. A pesar de todo, me ha acercado a unas cuantas almas que valen la pena.
Cuando mi ex y yo fuimos a comprar un piso, no nos quedamos con el primero que vimos por eso de que hay que comparar y tal y Pascual. El caso es que pasadas un par de semanas el primer piso habia subido tres millones. Además, pasado un tiempo nos dimos cuenta de que con bastante probabilidad, el primero era el mejor.
Sigo pensando que el mejor amo que he conocido fue el primero, aquel a quien rechacé como sumisa y como pareja y, que a día de hoy, sigue estando ahí, vigilando de cerca mis pasos. Ya no trata de evitar mis caídas. Pero está ahí, con la mano tendida, para cuando mi orgullo se digne a dejar que me levante.
Y es que las comparaciones son odiosas pero...
miércoles, 24 de marzo de 2010
Lo sabía
Estoy bien; tranquila, en paz (a pesar de estrés) y feliz, muy feliz. Cuando empezó el proceso de duelo sabía que tarde o temprano pasaría. Que la angustia, la incertidumbre, la tristeza, el dolor del abandono y todas las sensaciones y pensamientos negativos quedarían a un lado para irse alejando lentamente, lejos, muy lejos, cada vez más lejos. Yo sabía que un día me sentiría bien y eso me ayudaba a seguir adelante. El proceso de duelo ha sido más intenso y largo de lo que esperaba. Pagué la novatada de mis incursiones en el mundo bdsm, pero he aprendido, mucho. A menudo imaginamos que regresamos atrás en el tiempo sabiendo lo que sabemos ahora y evitamos situaciones que nos hicieron daño, pero aparte de que no son más que elucubraciones y comederos de olla sin fruto alguno, lo cierto es que nunca sabremos "qué hubiera pasado si...". Tal vez no habríamos padecido esa herida, pero sí otra. La experiencia nos enriquece, siempre. Las vivencias nos forman, nos hacen madurar como personas y, una vez atrás, cuando ya no nos hacen ningún daño, colaboran a que nuestras emociones positivas sean aún más plenas.
¿Alguna vez habéis topado con alguien que nunca ha sufrido realmente? ¿Alguna vez habéis conocido a alguien que no conozca el desengaño, la frustración, el sufrimiento, el abandono, la tristeza...? De ser así, habréis topado con una persona sin vida, sin defensas ante el menor revés.
Incido mucho en el tema del duelo porque creo que es importante que cualquier persona que haya pasado o esté pasando por lo mismo que pasé yo tenga presente en todo momento que, aunque parezca mentira, pasará. Los rostros se diluyen en nuestra memoria y aún recordaremos la voz durante mucho tiempo, porque la voz es lo último que se olvida. Y, como sucede con los malos partos, un día la madre olvida el dolor y desea tener otro hijo. Recuerda que le dolió pero pasado un tiempo parece que no fue para tanto. El peligro entonces es volvernos incautos y confiados. Volver a caer.
¿Por qué conociendo las consecuencias y teniendo presente que tarde o temprano todo se acaba volvemos a engancharnos? Cuando nos ilusionamos de nuevo creemos que somos invulnerables y no recordamos las noches sin dormir a lágrima viva, los días sin comer, la impotencia, la desazón, la angustia... ¿Por qué volvemos a caer?
La respuesta es simple. Volvemos a caer porque las personas necesitamos confiar en alguien. Las sumisas volvemos a tener amo porque necesitamos esa sensación de protección, de dominio, de dejarnos caer en brazos de otro y, sobre todo, volvemos a caer porque, mientras dura, nos sentimos de puta madre.
Y cuando vuelva a pasar lo más importante es tener presente que sabemos que un día volveremos a sentirnos bien.
Algunas situaciones vitales se repiten vez tras vez hasta que aprendemos de ellas.
Estoy lista para cerrar los ojos.
¿Alguna vez habéis topado con alguien que nunca ha sufrido realmente? ¿Alguna vez habéis conocido a alguien que no conozca el desengaño, la frustración, el sufrimiento, el abandono, la tristeza...? De ser así, habréis topado con una persona sin vida, sin defensas ante el menor revés.
Incido mucho en el tema del duelo porque creo que es importante que cualquier persona que haya pasado o esté pasando por lo mismo que pasé yo tenga presente en todo momento que, aunque parezca mentira, pasará. Los rostros se diluyen en nuestra memoria y aún recordaremos la voz durante mucho tiempo, porque la voz es lo último que se olvida. Y, como sucede con los malos partos, un día la madre olvida el dolor y desea tener otro hijo. Recuerda que le dolió pero pasado un tiempo parece que no fue para tanto. El peligro entonces es volvernos incautos y confiados. Volver a caer.
¿Por qué conociendo las consecuencias y teniendo presente que tarde o temprano todo se acaba volvemos a engancharnos? Cuando nos ilusionamos de nuevo creemos que somos invulnerables y no recordamos las noches sin dormir a lágrima viva, los días sin comer, la impotencia, la desazón, la angustia... ¿Por qué volvemos a caer?
La respuesta es simple. Volvemos a caer porque las personas necesitamos confiar en alguien. Las sumisas volvemos a tener amo porque necesitamos esa sensación de protección, de dominio, de dejarnos caer en brazos de otro y, sobre todo, volvemos a caer porque, mientras dura, nos sentimos de puta madre.
Y cuando vuelva a pasar lo más importante es tener presente que sabemos que un día volveremos a sentirnos bien.
Algunas situaciones vitales se repiten vez tras vez hasta que aprendemos de ellas.
Estoy lista para cerrar los ojos.
viernes, 19 de marzo de 2010
Enfermedad mental
A menudo he encontrado a personas (amos y sumisos sobre todo) preocupados por la posibilidad de estar padeciendo una enfermedad mental, ser etiquetados bajo el título de parafílicos. Lo cierto es que no he conocido amas que se lo planteen ni a sumisas que se lo planteen.
En el bdsm, como en todo, existe una linea o un rango en el que se puede hablar o no de enfermedad mental. Ejemplos se me ocurren a miles: cuidar el propio cuerpo es bueno, pero hay un extremo en el que se puede llegar a la vigorexia y ya no es tan bueno. Comer es bueno y necesario, pero comer compulsivamente puede llegar a convertirse en un problema. Comprobar que todo está en su lugar antes de cerrar la puerta de casa es una buena costumbre; convertir esa costumbre en una serie de rituales que eternizan la hora de salir puede ser síntoma de un trastorno obsesivo-compulsivo.
Existen únicamente dos criterios para que una tendencia bdsm sea catalogada como parafilia, al igual que una tendencia fetichista (por ejemplo) y son: 1. fantasías reiteradas sobre el tema o incluso prácticas durante un periodo de al menos seis meses consecutivos y 2. que estas prácticas o fantasías hagan peligrar claramente la vida personal, social o laboral del sujeto.
A muchas personas que he conocido en este entorno, la práctica del bdsm no sólo no las ha desequilibrado, sino que les ha ayudado a encontrar el equilibrio y a sentirse más felices. Pero lamento no poder decir que se trata de una mayoría. Muchos ya traían a las salas el bocata de casa, principalmente tendencias depresivas y trastornos bipolares y de ansiedad en las sumisas y trastornos obsesivos y trastornos de la personalidad en amos. Muchos que se hacen llamar amos son lamentablemente maltratadores que buscan consentimiento para llevar a cabo el maltrato a niveles físicos y psicológicos que a menudo resultan terribles.
¿Dónde está la linea que hace peligrar nuestra salud mental? ¿En qué momento podemos decir que una práctica nos está haciendo daño?
A menudo veo cierto paralelismo con las drogodependencias. Al principio una droga puede producir satisfacción; cada vez el cuerpo nos pide más niveles de la sustancia para alcanzar el mismo estado (tolerancia) y al final se consume la sustancia no ya para sentirse bien, sino para no sentirse mal (dependencia). Cuando la sustancia desaparece de nuestro alcance nuestra vida se centra en volver a conseguirla (síndrome de abstinencia). En bdsm, lo he observado principalmente en sumisas (que no en sumisos), he podido ver cómo se pasa por esas fases de placer-tolerancia-dependencia y síndrome de abstinencia. En esos casos el bdsm deja de ser una fantasía o una vía de escape o de realización para convertirse en una condena. Lo peor es que sucede sin darse cuenta.
Actualmente estoy trabajando en una investigación para tratar de establecer esas lineas, los criterios para detectarlas y las consecuencias que puede tener a corto, medio y largo plazo.
La investigación sobre bdsm resulta apasionante pero... cuanto más racionalizo sobre el tema, más se reduce mi capacidad de disfrutarlo. He dejado a mi corazón sentado y he puesto a mis lóbulos frontales a trabajar a pleno rendimiento.
¿Daré con un amo interesado en mis investigaciones y dispuesto a apoyarme en ellas?
Aparte de mis actuales trabajos, los que me pagan el alquiler y me llenan la nevera, estoy inmersa en tres vías de investigación-trabajo psicológico. Hoy por hoy casi no puedo pensar en otra cosa. En su fase final, el duelo me ha clavado en la silla del ordenador los huesos del culo. Pensar para no sentir. No sé si esta fase durará mucho pero sí sé que hay algo cierto: dará sus frutos. Ya los ha dado. Ya no siento dolor. Estoy anestesiada. Pero tampoco siento placer ni deseo. Al menos no placer o deseo más allá del trabajo intelectual.
Unos azotes, por favor.
En el bdsm, como en todo, existe una linea o un rango en el que se puede hablar o no de enfermedad mental. Ejemplos se me ocurren a miles: cuidar el propio cuerpo es bueno, pero hay un extremo en el que se puede llegar a la vigorexia y ya no es tan bueno. Comer es bueno y necesario, pero comer compulsivamente puede llegar a convertirse en un problema. Comprobar que todo está en su lugar antes de cerrar la puerta de casa es una buena costumbre; convertir esa costumbre en una serie de rituales que eternizan la hora de salir puede ser síntoma de un trastorno obsesivo-compulsivo.
Existen únicamente dos criterios para que una tendencia bdsm sea catalogada como parafilia, al igual que una tendencia fetichista (por ejemplo) y son: 1. fantasías reiteradas sobre el tema o incluso prácticas durante un periodo de al menos seis meses consecutivos y 2. que estas prácticas o fantasías hagan peligrar claramente la vida personal, social o laboral del sujeto.
A muchas personas que he conocido en este entorno, la práctica del bdsm no sólo no las ha desequilibrado, sino que les ha ayudado a encontrar el equilibrio y a sentirse más felices. Pero lamento no poder decir que se trata de una mayoría. Muchos ya traían a las salas el bocata de casa, principalmente tendencias depresivas y trastornos bipolares y de ansiedad en las sumisas y trastornos obsesivos y trastornos de la personalidad en amos. Muchos que se hacen llamar amos son lamentablemente maltratadores que buscan consentimiento para llevar a cabo el maltrato a niveles físicos y psicológicos que a menudo resultan terribles.
¿Dónde está la linea que hace peligrar nuestra salud mental? ¿En qué momento podemos decir que una práctica nos está haciendo daño?
A menudo veo cierto paralelismo con las drogodependencias. Al principio una droga puede producir satisfacción; cada vez el cuerpo nos pide más niveles de la sustancia para alcanzar el mismo estado (tolerancia) y al final se consume la sustancia no ya para sentirse bien, sino para no sentirse mal (dependencia). Cuando la sustancia desaparece de nuestro alcance nuestra vida se centra en volver a conseguirla (síndrome de abstinencia). En bdsm, lo he observado principalmente en sumisas (que no en sumisos), he podido ver cómo se pasa por esas fases de placer-tolerancia-dependencia y síndrome de abstinencia. En esos casos el bdsm deja de ser una fantasía o una vía de escape o de realización para convertirse en una condena. Lo peor es que sucede sin darse cuenta.
Actualmente estoy trabajando en una investigación para tratar de establecer esas lineas, los criterios para detectarlas y las consecuencias que puede tener a corto, medio y largo plazo.
La investigación sobre bdsm resulta apasionante pero... cuanto más racionalizo sobre el tema, más se reduce mi capacidad de disfrutarlo. He dejado a mi corazón sentado y he puesto a mis lóbulos frontales a trabajar a pleno rendimiento.
¿Daré con un amo interesado en mis investigaciones y dispuesto a apoyarme en ellas?
Aparte de mis actuales trabajos, los que me pagan el alquiler y me llenan la nevera, estoy inmersa en tres vías de investigación-trabajo psicológico. Hoy por hoy casi no puedo pensar en otra cosa. En su fase final, el duelo me ha clavado en la silla del ordenador los huesos del culo. Pensar para no sentir. No sé si esta fase durará mucho pero sí sé que hay algo cierto: dará sus frutos. Ya los ha dado. Ya no siento dolor. Estoy anestesiada. Pero tampoco siento placer ni deseo. Al menos no placer o deseo más allá del trabajo intelectual.
Unos azotes, por favor.
miércoles, 10 de marzo de 2010
Esto no es una poesía. Es una mierda.
Despertar, ponerme en pie, tomar el teléfono en mis manos y colgar...
y que no estés ahí.
Mirarme al espejo, ver mi cuello desnudo
y que no estés ahí.
Mirar el armario, escoger la ropa
y que no estés ahí.
Tostar el pan, exprimir el zumo, calentar el café
y que no estés ahí.
Sentarme a escribir, la pantalla en blanco
y que no estés ahí.
Pasear entre olivos, buscar varas verdes
y que no estés ahí.
Oler tu sombra, rastrear tu nombre, verte
y que no estés ahí.
La palabra al borde de los labios, contener la palabra,
salvar el orgullo para que no estés ahí.
Abrir el cajón de mis secretos, mirarlo y cerrarlo
y que no estés ahí.
De noche los huecos de siempre, oscuros, inmensos
el sueño no llega
y no estás ahí.
Recordarte y echarte de menos.
Despertar y echarte de menos.
Pasear y echarte de menos.
No dormir y echarte de menos.
Odiarte y echarte de menos.
Valorarte y echarte de menos.
Estar triste y echarte de menos.
Acumular orgullo y echarte de menos.
Alejarme y echarte de menos.
Despreciarte y echarte de menos.
Engañarme y creer que te he arrancado
y decir (y mentir) que no te echo de menos.
Listar todo lo que odio de ti
y no obstante, me cago en la puta,
echarte de menos.
Ser invisible y que no me veas, porque no me miras.
Ser muda y que no me oigas, porque no me escuchas.
Ser incorporea y que no me toques, porque no me sientes.
Ser insípida y que no me saborees porque no te gusto.
Y al tiempo verte, escucharte, querer olerte, lamerte, tocarte
y echarte de menos
a ti
que no estás ahí.
Nunca he sido tan tuya como ahora
cuando ya no te quiero a mi lado
cuando ya no me quiero a tus pies
cuando yo tampoco estoy ahí
y no obstante, me cago en la puta,
te echo de menos.
y que no estés ahí.
Mirarme al espejo, ver mi cuello desnudo
y que no estés ahí.
Mirar el armario, escoger la ropa
y que no estés ahí.
Tostar el pan, exprimir el zumo, calentar el café
y que no estés ahí.
Sentarme a escribir, la pantalla en blanco
y que no estés ahí.
Pasear entre olivos, buscar varas verdes
y que no estés ahí.
Oler tu sombra, rastrear tu nombre, verte
y que no estés ahí.
La palabra al borde de los labios, contener la palabra,
salvar el orgullo para que no estés ahí.
Abrir el cajón de mis secretos, mirarlo y cerrarlo
y que no estés ahí.
De noche los huecos de siempre, oscuros, inmensos
el sueño no llega
y no estás ahí.
Recordarte y echarte de menos.
Despertar y echarte de menos.
Pasear y echarte de menos.
No dormir y echarte de menos.
Odiarte y echarte de menos.
Valorarte y echarte de menos.
Estar triste y echarte de menos.
Acumular orgullo y echarte de menos.
Alejarme y echarte de menos.
Despreciarte y echarte de menos.
Engañarme y creer que te he arrancado
y decir (y mentir) que no te echo de menos.
Listar todo lo que odio de ti
y no obstante, me cago en la puta,
echarte de menos.
Ser invisible y que no me veas, porque no me miras.
Ser muda y que no me oigas, porque no me escuchas.
Ser incorporea y que no me toques, porque no me sientes.
Ser insípida y que no me saborees porque no te gusto.
Y al tiempo verte, escucharte, querer olerte, lamerte, tocarte
y echarte de menos
a ti
que no estás ahí.
Nunca he sido tan tuya como ahora
cuando ya no te quiero a mi lado
cuando ya no me quiero a tus pies
cuando yo tampoco estoy ahí
y no obstante, me cago en la puta,
te echo de menos.
martes, 9 de marzo de 2010
Sumisa virgen
A estas alturas de la película resulta curioso que, a nivel de experiencia personal en torno al mundo BDSM pueda hablar poco más que de duelo. Resulta casi ridículo que desde que regresé a ello tras una parada de cinco años (o seis, o siete), la suma es de dos meses de "búsqueda" o más bien "disposición a ser encontrada", 3 meses de collar vacío (que es una suerte de punto intermedio entre ser y no-ser), un mes de "ahora sí, ahora no", y tres meses de duelo-superación-altibajos-cabraloca... en fin. Total 9 meses para parir un pedo que, al igual que un embarazo trajeron a mi vida mucho desconcierto, mucha incertidumbre, mucha ilusión, mucho notar pataditas donde sólo había gases, mucha hormona revolucionada, muchos cambios de humor y de peso y mucho dolor para llorar demasiado (soy de la opinión de que siempre se llora demasiado) por una criatura que no llegó a nacer.
Y es que el ayer mismo una sabia mujer, que además de sabia resulta ser buena persona, muy inteligente, muy hermosa y con gran sentido del humor (sí, sí, hablo de ti so petarda) me preguntó "¿Alguna vez llevaste su collar, el collar completo?" y yo... "pues no, sólo el collar vacío"... "Ah, pues entonces nunca fuiste suya, sólo estabas a prueba para ver si te quería a su lado o no, pero nunca has sido su sumisa"... con lo cual me quedé un poco perpleja más que nada por la intensidad con la que lo he vivido todo para que al final nisiquiera tenga un muerto al que llorar. Así que oposité y suspendí, ni plaza ni bolsa. Puedo decir que he tenido contadas experiencias en real (me sobran dos dedos de una mano), algunas sensaciones intensas agradables, algunas sensaciones intensas desagradables, un alto nivel de enganche-dependencia, varias semanas de depresión ansiosa, cicatrices de abandono y algunos recuerdos que me hacen reir y, por cierto, ni una puta foto (que tenía yo ganas de conservar mi foto de bondage super guapo que me hicieron y unas cuantas fotos más).
Si ya por entonces tenía problemas con la organización de mi tiempo, no digamos ahora, que si bien cuando no tienes amo el tiempo se crece en progresión aritmética, la lista de tareas pendientes urgentes e importantes lo hace en progresión geométrica y al final me agobio, me saturo y me bloqueo, me agota el estrés pero no soy nada pero nada productiva. De hecho, las primeras semanas sin amo me costaron tal caída de rendimiento que vi de cerca peligrar hasta mi puesto de trabajo... un lujo que, dados los tiempos en que nos vemos inmersos, no me podía permitir teniendo una boca que alimentar y ya me veía yo ofreciéndome a uno de esos amos que buscan puta-chacha y te "solucionan-arruinan" la vida para siempre.
Madrugo mucho, trasnocho más, apenas chateo y cada media noche me pregunto al reorganizar mi agenda a dónde se me escaparon las horas.
Recuerdo que todo empezó justo con ese tema. Empezaba el verano y yo pasé por una gripe espantosa que me tuvo unos días recluída en casa sin poder ver a nadie ni estar con mi hijo. La gripe se acompañaba de un intenso dolor muscular que me acabó escupiendo sobre la camilla de un fisioterapeuta que me crujió las tabas y de paso me crujió también 300 rostros de rey. Desde la soledad más profunda y puta, el dolor intenso y el tiempo sobrado era incapaz de mantenerme por más de unos minutos realizando la misma tarea y todo lo dejaba a medias. Entonces apareció mi ciber-amo para domarme en lo referente a autodisciplina y así sucedió que él me distribuía las tareas y me organizaba la vida y me motivaba con interesantes cibersesiones e intensos y largos orgasmos (y he de reconocer que era bueno, muy bueno. Tenía mucha imaginación y me hacía sentir muy a gusto conmigo misma). Pero pasadas unas semanas se convirtió en un poderoso elemento distractor que acabó desajustando mis horarios de sueño. Llegaba a las clases de conducir distraída, dormida... y más de una noche me acosté a las miles porque me decía "espérame" y pasaban las horas y no llegaba.
Y fue en una de esas largas esperas cuando llevada por el aburrimiento, la curiosidad y el enojo... y también la decepción, comencé a entrar en nuevos canales para aprender cosas nuevas y conocer a otras personas. Y en una de esas conocí a mi "amo" (ahora que sé que no fue mi amo porque no tuve nunca su collar no sé cómo carajo llamarle; esto de querer hablar con propiedad es todo un reto). Acudí a él porque además de un amo experimentado me pareció serio, coherente, inteligente y hasta buena persona y a él le expuse mis dudas respecto al amo que tenía. Hoy por hoy creo que hubiera dejado a mi ciber-amo más pronto o más tarde por razones mil que ya le expuse en su día y que ahora me da fatiga volver a exponer. Pero lo cierto es que fue más pronto por ese empujoncito que mi "amo" me dio. Días después le conocí en persona con la firme intención de conocerle y punto pelota porque tenía muy claro, o eso me pareció, lo que no quería: no quería un amo de a tomar por culo MariPaqui; no quería un amo que ya tuviera otra u otras sumisas (mi ciber-amo las tenía); no quería salir de Málaga para meterme en Malagón y no quería tener amo, no quería, no quería y no quería... horas después arrodillada a sus pies en "mi posición" le llamé "mi amo" de un modo absolutamente espontaneo para su satisfacción y para mi absoluto desconcierto. Estoy harta de decir que formular nuestros deseos en función de lo que no queremos no funciona jamás y de hecho, atraemos aquello que más tememos o negamos. No sé por qué pero sucede.
Ahora no me sé currar mi tiempo y mi libertad y los fines de semana se me pasan generalmente sin pena ni gloria. Vale que tengo un amante, un poco menos a tomar por culo pero a tomar por culo también, que de cuando en cuando me contenta y me hace la vida agradable. Pero que voy con mi nudillo de estrés cuando voy y nada más venirme se me vuelve a montar y me da hasta palo el tiempo que me tomo para hacer cualquier cosa diferente a trabajar-estudiar-estar con mi hijo, y eso incluye todo, todo y todo lo demás: tomar unas cervezas, echar un kiki, quitarme las durezas de los pies (de aquí a poco podría prescindir de calzado), cuidarme las uñas (que tienen restos de esmalte del mes pasado), depilarme, maquillarme o retomar mis viejas aficciones (la lectura de algo que no sean libros de ensayo, revistas científicas o libros muy muy gordos sobre modificación de conducta y similar; el punto de cruz; el dibujo; la escritura; la natación; el footing; el cine; los paseos, las excursiones, las ONGs, los trabajos manuales etc).
¿Seré capaz de ser y estar íntegra, completa y feliz sin un amo? Y cuando sea lo que quiero ser y esté como quiero estar... ¿Para qué coño quiero un amo?. Ahora mismo no tengo tiempo para amos; lo tendría si un amo me organizara el tiempo. Pero si organizo mi tiempo para tener un amo ¿Para qué quiero un amo que organice mi tiempo? ¿Y para qué coño me hago tantas preguntas si luego las cosas suceden más allá de lo que hemos planeado y sobre todo más allá de lo que hemos planeado que no sucederá?
Tengo la sensación de regreso a mi punto de partida; sin dolor muscular y sin tiempo sobrado pero es como si nunca hubiera sucedido nada. Como si me hubiera tocado la lotería y me lo hubiera fundido todo en pocas semanas y me viera con el mismo saldo en la cuenta de siempre. Si me fijo sólo en lo que me queda, es como si nada hubiera pasado. Vuelvo a ser una sumisa virgen sin experiencia que no sabe lo que quiere. Nada tenía, nada tengo. Pero hay una triste diferencia. Antes, cuando no tenía nada, me sentía como mucho "incompleta". Ahora, que nada tengo, me siento vacía.
Y es que el ayer mismo una sabia mujer, que además de sabia resulta ser buena persona, muy inteligente, muy hermosa y con gran sentido del humor (sí, sí, hablo de ti so petarda) me preguntó "¿Alguna vez llevaste su collar, el collar completo?" y yo... "pues no, sólo el collar vacío"... "Ah, pues entonces nunca fuiste suya, sólo estabas a prueba para ver si te quería a su lado o no, pero nunca has sido su sumisa"... con lo cual me quedé un poco perpleja más que nada por la intensidad con la que lo he vivido todo para que al final nisiquiera tenga un muerto al que llorar. Así que oposité y suspendí, ni plaza ni bolsa. Puedo decir que he tenido contadas experiencias en real (me sobran dos dedos de una mano), algunas sensaciones intensas agradables, algunas sensaciones intensas desagradables, un alto nivel de enganche-dependencia, varias semanas de depresión ansiosa, cicatrices de abandono y algunos recuerdos que me hacen reir y, por cierto, ni una puta foto (que tenía yo ganas de conservar mi foto de bondage super guapo que me hicieron y unas cuantas fotos más).
Si ya por entonces tenía problemas con la organización de mi tiempo, no digamos ahora, que si bien cuando no tienes amo el tiempo se crece en progresión aritmética, la lista de tareas pendientes urgentes e importantes lo hace en progresión geométrica y al final me agobio, me saturo y me bloqueo, me agota el estrés pero no soy nada pero nada productiva. De hecho, las primeras semanas sin amo me costaron tal caída de rendimiento que vi de cerca peligrar hasta mi puesto de trabajo... un lujo que, dados los tiempos en que nos vemos inmersos, no me podía permitir teniendo una boca que alimentar y ya me veía yo ofreciéndome a uno de esos amos que buscan puta-chacha y te "solucionan-arruinan" la vida para siempre.
Madrugo mucho, trasnocho más, apenas chateo y cada media noche me pregunto al reorganizar mi agenda a dónde se me escaparon las horas.
Recuerdo que todo empezó justo con ese tema. Empezaba el verano y yo pasé por una gripe espantosa que me tuvo unos días recluída en casa sin poder ver a nadie ni estar con mi hijo. La gripe se acompañaba de un intenso dolor muscular que me acabó escupiendo sobre la camilla de un fisioterapeuta que me crujió las tabas y de paso me crujió también 300 rostros de rey. Desde la soledad más profunda y puta, el dolor intenso y el tiempo sobrado era incapaz de mantenerme por más de unos minutos realizando la misma tarea y todo lo dejaba a medias. Entonces apareció mi ciber-amo para domarme en lo referente a autodisciplina y así sucedió que él me distribuía las tareas y me organizaba la vida y me motivaba con interesantes cibersesiones e intensos y largos orgasmos (y he de reconocer que era bueno, muy bueno. Tenía mucha imaginación y me hacía sentir muy a gusto conmigo misma). Pero pasadas unas semanas se convirtió en un poderoso elemento distractor que acabó desajustando mis horarios de sueño. Llegaba a las clases de conducir distraída, dormida... y más de una noche me acosté a las miles porque me decía "espérame" y pasaban las horas y no llegaba.
Y fue en una de esas largas esperas cuando llevada por el aburrimiento, la curiosidad y el enojo... y también la decepción, comencé a entrar en nuevos canales para aprender cosas nuevas y conocer a otras personas. Y en una de esas conocí a mi "amo" (ahora que sé que no fue mi amo porque no tuve nunca su collar no sé cómo carajo llamarle; esto de querer hablar con propiedad es todo un reto). Acudí a él porque además de un amo experimentado me pareció serio, coherente, inteligente y hasta buena persona y a él le expuse mis dudas respecto al amo que tenía. Hoy por hoy creo que hubiera dejado a mi ciber-amo más pronto o más tarde por razones mil que ya le expuse en su día y que ahora me da fatiga volver a exponer. Pero lo cierto es que fue más pronto por ese empujoncito que mi "amo" me dio. Días después le conocí en persona con la firme intención de conocerle y punto pelota porque tenía muy claro, o eso me pareció, lo que no quería: no quería un amo de a tomar por culo MariPaqui; no quería un amo que ya tuviera otra u otras sumisas (mi ciber-amo las tenía); no quería salir de Málaga para meterme en Malagón y no quería tener amo, no quería, no quería y no quería... horas después arrodillada a sus pies en "mi posición" le llamé "mi amo" de un modo absolutamente espontaneo para su satisfacción y para mi absoluto desconcierto. Estoy harta de decir que formular nuestros deseos en función de lo que no queremos no funciona jamás y de hecho, atraemos aquello que más tememos o negamos. No sé por qué pero sucede.
Ahora no me sé currar mi tiempo y mi libertad y los fines de semana se me pasan generalmente sin pena ni gloria. Vale que tengo un amante, un poco menos a tomar por culo pero a tomar por culo también, que de cuando en cuando me contenta y me hace la vida agradable. Pero que voy con mi nudillo de estrés cuando voy y nada más venirme se me vuelve a montar y me da hasta palo el tiempo que me tomo para hacer cualquier cosa diferente a trabajar-estudiar-estar con mi hijo, y eso incluye todo, todo y todo lo demás: tomar unas cervezas, echar un kiki, quitarme las durezas de los pies (de aquí a poco podría prescindir de calzado), cuidarme las uñas (que tienen restos de esmalte del mes pasado), depilarme, maquillarme o retomar mis viejas aficciones (la lectura de algo que no sean libros de ensayo, revistas científicas o libros muy muy gordos sobre modificación de conducta y similar; el punto de cruz; el dibujo; la escritura; la natación; el footing; el cine; los paseos, las excursiones, las ONGs, los trabajos manuales etc).
¿Seré capaz de ser y estar íntegra, completa y feliz sin un amo? Y cuando sea lo que quiero ser y esté como quiero estar... ¿Para qué coño quiero un amo?. Ahora mismo no tengo tiempo para amos; lo tendría si un amo me organizara el tiempo. Pero si organizo mi tiempo para tener un amo ¿Para qué quiero un amo que organice mi tiempo? ¿Y para qué coño me hago tantas preguntas si luego las cosas suceden más allá de lo que hemos planeado y sobre todo más allá de lo que hemos planeado que no sucederá?
Tengo la sensación de regreso a mi punto de partida; sin dolor muscular y sin tiempo sobrado pero es como si nunca hubiera sucedido nada. Como si me hubiera tocado la lotería y me lo hubiera fundido todo en pocas semanas y me viera con el mismo saldo en la cuenta de siempre. Si me fijo sólo en lo que me queda, es como si nada hubiera pasado. Vuelvo a ser una sumisa virgen sin experiencia que no sabe lo que quiere. Nada tenía, nada tengo. Pero hay una triste diferencia. Antes, cuando no tenía nada, me sentía como mucho "incompleta". Ahora, que nada tengo, me siento vacía.
martes, 2 de marzo de 2010
Sin título
Harta, cansada, hastiada de sentir que todo se mira con lupa y sacapuntas en mano. Con la sensación de sentir que nada cambia, que todo sigue lo mismo: mi empeño en expresarme tal como siento y el empeño de otros en interpretarme como les viene en gana. La sensación de estar siendo castigada sin ser sumisa; juzgada y condenada y casi nunca comprendida... no escribo este blog por ni para nadie. Si admitiera censura externa, más me valdría no escribirlo pero... todo cuanto escribo tiene un precio y todo tiene un sentido (casi nunca el que se le da). ¿De qué sirve la expresión sin el entendimiento? ¿Por qué esa fijación en las lineas que podrían considerarse "menos oportunas"? O yo no sé escribir, o los otros no me saben leer. No debería importarme, pero me importa. Y por eso, por eso mismo, estoy por mandarlo todo a tomar por culo. Me agota esta impresión constante de cara diana donde andar tirando dardos. Me cansa ese empeño en sentirse identificado con todo lo que digo. Me harta la sobreinterpretación, la sobrecondena y el sobreaplastamiento y, sinceramente, estoy agotada.
Esta noche me va a doler un poco más que otras ir a dormir. Pero debo hacerlo... tengo una cita con la comunidad de vampiros de la seguridad social...
Odio que me importe. Odio este sinsentido. Soy de cristal esta noche y, como siempre, ya hubo quien se encargó de romperme un poco...
Estoy muy harta, muy triste, muy cansada, muy decepcionada, muy enfadada, muy rota, a fin de cuentas. Esta noche no es muy diferente a una de tantas en las que se me suponía feliz y orgullosa de lucir un collar. Siento casi las mismas cosas. Con la salvedad de que esta noche no siento ni el deseo ni la necesidad de arreglar nada.
Lo estoy pasando mal.
Esta noche me va a doler un poco más que otras ir a dormir. Pero debo hacerlo... tengo una cita con la comunidad de vampiros de la seguridad social...
Odio que me importe. Odio este sinsentido. Soy de cristal esta noche y, como siempre, ya hubo quien se encargó de romperme un poco...
Estoy muy harta, muy triste, muy cansada, muy decepcionada, muy enfadada, muy rota, a fin de cuentas. Esta noche no es muy diferente a una de tantas en las que se me suponía feliz y orgullosa de lucir un collar. Siento casi las mismas cosas. Con la salvedad de que esta noche no siento ni el deseo ni la necesidad de arreglar nada.
Lo estoy pasando mal.
lunes, 1 de marzo de 2010
El buen amo
El buen amo sabe reconocer los logros de una sumisa y le felicita por ellos, porque la sumisa necesita continuamente del estímulo, el aliento y la motivación para seguir adelante.
El buen amo evita (fuera de juegos y sesiones) las burlas y ridiculaciones, más aún las descalificaciones, porque el buen amo sabe que la crítica _una actividad con la que se adquiere "importancia" a bajo precio_ es propia de quien es débil por naturaleza e ignorante por pereza. Porque sólo el débil ataca al más débil y sólo el ignorante desconoce que la crítica hiere.
El amo busca la verdad, la autenticidad y el respeto y por ello sus respuestas son siempre sinceras, sin ampararse en hipócritas y falsos proteccionismos que causan, a medio plazo _si no a corto plazo_ más dolor a su sumisa.
El buen amo no tiene inconveniente en reconocer sus errores y admitir sus equivocaciones, de la misma forma que sabe señalar, con tacto y en su debido momento las ajenas, sin humillar jamás (más allá de juegos y sesiones)
El buen amo es sereno y reflexiona a la hora de tomar decisiones o de establecer compromisos, pero no vacila a la hora de cumplirlos ni es preso de prontos y arrebatos ni de escusas baratas.
El amo, el buen amo, no es colérico ni se deja llevar por la ira, no comete injusticias ni actúa sin pensar. El buen amo es calmado y tolerante y sabe medir las consecuencias de sus actos. El buen amo no abandona a su sumisa si la ve rota. El buen amo no genera en su sumisa dolor e incertidumbre y la manda luego a dormir.
El buen amo es comprensivo y compasivo, porque reconoce las necesidades e intereses de la sumisa y por eso llega armado de paciencia, calma, dulzura y amabilidad.
El amo, el buen amo, se toma las cosas con calma y siempre piensa dos veces antes de hablar o de actuar porque sabe que algunas cosas son irrevocables (la palabra dicha, la promesa hecha y el tiempo perdido).
El buen amo respeta las diferencias de criterio, pero busca un consenso a través del respeto, el diálogo y la tolerancia porque, el buen amo, no teme ser tolerante.
El buen amo no regatea esfuerzos y no escatima tiempo. El buen amo no espera logros a corto plazo pero sabe a su sumisa como buena inversión de futuro. Por eso, el buen amo tiene paciencia.
El buen amo no sobreprotege, no ignora ni asfixia la personalidad de la sumisa. El buen amo sabe guiar a su sumisa y sabe someter educando, no haciéndose temer por la amenaza del castigo, la ignorancia o el abandono.
Un buen amo es flexible, entusiasta y confiado.
El buen amo no tolera caprichos y tonterías pero menos aún se las permite a sí mismo. El buen amo es coherente y enseña a su sumisa de esa coherencia a través del ejemplo.
Si el buen amo impone normas, nunca son arbitrarias y será el primero en no saltárselas.
El buen amo se apresura a resolver los conflictos y lo hace del modo más eficaz posible, es decir, de manera serena y reflexiva, utilizando el diálogo y argumentos racionales y siendo él mismo quien lo resuelve y no delegando el asunto en manos de terceros (otras sumisas, si las hubiere). El amo que permite que otras sumisas alimenten conflictos, vayan de correveydile, generen en su sumisa dudas, desconfianza y dolor, debería plantearse muy seriamente si tiene la capacidad intelectual y emocional suficientes como para tener un harén.
El buen amo es discreto y sabe guardar secretos, por eso inspira siempre confianza. Y si una sumisa mantiene con él una serie de confidencias íntimas y el amo tiene intención de transmitírselo a sus otras sumisas, debería advertírselo y evitar que estas confidencias generen malentendidos y conflictos innecesarios entre ellas. El buen amo sabe evitar el dolor gratuíto, o al menos lo intenta.
El buen amo sabe que no puede pedir más allá de lo que él da y no exige a su sumisa cualidades de las que carece. El buen amo sabe escuchar y apreciar a su sumisa. No juzga, estima. No critica, evalúa. No calcula, valora.
El buen amo ve a su sumisa como un regalo no como una carga. Un buen amo espera lo mejor, pero no la perfección. Y, por último, un buen amo no necesita exigir entrega: sabe ganarla. El buen amo ha de exigir en consecuencia y no espera que su sumisa le adore por ciencia infusa.
Dicho esto... si a alguien le pica, que se rasque el culo.
El buen amo evita (fuera de juegos y sesiones) las burlas y ridiculaciones, más aún las descalificaciones, porque el buen amo sabe que la crítica _una actividad con la que se adquiere "importancia" a bajo precio_ es propia de quien es débil por naturaleza e ignorante por pereza. Porque sólo el débil ataca al más débil y sólo el ignorante desconoce que la crítica hiere.
El amo busca la verdad, la autenticidad y el respeto y por ello sus respuestas son siempre sinceras, sin ampararse en hipócritas y falsos proteccionismos que causan, a medio plazo _si no a corto plazo_ más dolor a su sumisa.
El buen amo no tiene inconveniente en reconocer sus errores y admitir sus equivocaciones, de la misma forma que sabe señalar, con tacto y en su debido momento las ajenas, sin humillar jamás (más allá de juegos y sesiones)
El buen amo es sereno y reflexiona a la hora de tomar decisiones o de establecer compromisos, pero no vacila a la hora de cumplirlos ni es preso de prontos y arrebatos ni de escusas baratas.
El amo, el buen amo, no es colérico ni se deja llevar por la ira, no comete injusticias ni actúa sin pensar. El buen amo es calmado y tolerante y sabe medir las consecuencias de sus actos. El buen amo no abandona a su sumisa si la ve rota. El buen amo no genera en su sumisa dolor e incertidumbre y la manda luego a dormir.
El buen amo es comprensivo y compasivo, porque reconoce las necesidades e intereses de la sumisa y por eso llega armado de paciencia, calma, dulzura y amabilidad.
El amo, el buen amo, se toma las cosas con calma y siempre piensa dos veces antes de hablar o de actuar porque sabe que algunas cosas son irrevocables (la palabra dicha, la promesa hecha y el tiempo perdido).
El buen amo respeta las diferencias de criterio, pero busca un consenso a través del respeto, el diálogo y la tolerancia porque, el buen amo, no teme ser tolerante.
El buen amo no regatea esfuerzos y no escatima tiempo. El buen amo no espera logros a corto plazo pero sabe a su sumisa como buena inversión de futuro. Por eso, el buen amo tiene paciencia.
El buen amo no sobreprotege, no ignora ni asfixia la personalidad de la sumisa. El buen amo sabe guiar a su sumisa y sabe someter educando, no haciéndose temer por la amenaza del castigo, la ignorancia o el abandono.
Un buen amo es flexible, entusiasta y confiado.
El buen amo no tolera caprichos y tonterías pero menos aún se las permite a sí mismo. El buen amo es coherente y enseña a su sumisa de esa coherencia a través del ejemplo.
Si el buen amo impone normas, nunca son arbitrarias y será el primero en no saltárselas.
El buen amo se apresura a resolver los conflictos y lo hace del modo más eficaz posible, es decir, de manera serena y reflexiva, utilizando el diálogo y argumentos racionales y siendo él mismo quien lo resuelve y no delegando el asunto en manos de terceros (otras sumisas, si las hubiere). El amo que permite que otras sumisas alimenten conflictos, vayan de correveydile, generen en su sumisa dudas, desconfianza y dolor, debería plantearse muy seriamente si tiene la capacidad intelectual y emocional suficientes como para tener un harén.
El buen amo es discreto y sabe guardar secretos, por eso inspira siempre confianza. Y si una sumisa mantiene con él una serie de confidencias íntimas y el amo tiene intención de transmitírselo a sus otras sumisas, debería advertírselo y evitar que estas confidencias generen malentendidos y conflictos innecesarios entre ellas. El buen amo sabe evitar el dolor gratuíto, o al menos lo intenta.
El buen amo sabe que no puede pedir más allá de lo que él da y no exige a su sumisa cualidades de las que carece. El buen amo sabe escuchar y apreciar a su sumisa. No juzga, estima. No critica, evalúa. No calcula, valora.
El buen amo ve a su sumisa como un regalo no como una carga. Un buen amo espera lo mejor, pero no la perfección. Y, por último, un buen amo no necesita exigir entrega: sabe ganarla. El buen amo ha de exigir en consecuencia y no espera que su sumisa le adore por ciencia infusa.
Dicho esto... si a alguien le pica, que se rasque el culo.
Tercer encuentro
Llegué mucho antes que mi amo a la estación. Para empezar, olvidé avisarle que estaba llegando. En el camino iba nerviosa y me comí los dedos y arañé el esmalte de uñas. Así que llegué con los dedos sangrados y las uñas comidas. Luego decidí por mí misma esperarle en un lugar distinto al que habíamos quedado, ya que me pareció un sitio más cómodo y atractivo y esperé su perdida con maleta en mano, fumando mucho más en 40 minutos de lo que me estaría permitido en un día entero.
Su recibimiento fue frío, me dió dos besos con un suspiro helado y me ayudó a cargar la pesada maleta en el maletero. Decidí esperar que se le pasara tratando de no hablar de más para no meter la pata (mi especialidad).
En el camino me quité el cinturón de seguridad para quitarme el vestido de punto y lucir el de lycra roja que llevaba debajo. En el camino puse mi mano en su entrepierna y abrí las mías y su enfado pasó rápidamente (o eso me dejó creer).
Paramos en un bar y pidió sendas tapas. No le gusta que me haga de rogar cuando me dice "come" y comí sin rechistar, a sabiendas de que sólo eran tapas y después vendría un plato fuerte. Como siempre, reparó en mi delgadez, pero dejó el tema para más tarde.
Al llegar a casa nos pusimos cómodos, servimos la mesa, comimos bien y luego se ausentó unos minutos, que yo aproveché para cambiar mis medias de nylon por un conjunto de rejilla agujereado muy bonito y mis botas planas por unas botas de tacón. Cuando regresó le esperaba junto a la chimenea, exhibiendo el conjunto que lucía bien bonito y que me hacía sentir tan hermosa. Mi amo, que sabe de mis complejos y autoexigencias en torno a mi cuerpo, no escatimó en halagos y me advirtió que sería lento y tierno, en parte porque ambos estábamos físicamente muy cansados de toda la semana, en parte porque sabía de mi necesidad de ternura y en parte porque después de mi última visita al ginecólogo temía abrir la herida (que a pesar de todo se abrió más tarde). Mi amo se empeñó en labrar mi paciencia y aguantarme las ganas, alejándose cuando lo creía conveniente para aumentar mi deseo y prolongar el placer. Comprobó que tenía mi coñito arreglado como a él le gusta (todo lo contrario a lo que le gustaba al anterior amo, también lo hacía para probar ese desligue) y me obligó a acariciarlo en su presencia, lamiendo de cuando en cuando mis dedos para humedecerlos.
Llevé el traje de mallas tanto tiempo como él quiso y luego me dejó medio enganada hasta la noche. Eligió el descanso y rehuyó mis caricias porque vio necesario que yo descansara, ya que el insomnio y el exceso de trabajo habían hecho estragos conmigo.
Pasamos la noche bajo la tormenta huracanada que destrozó medio tejado. Vigilamos la chimenea, sostuvimos la puerta, cerramos las ventanas y nos quedamos aislados (ni televisión, ni teléfono, ni internet...). Cuando amainó el viento tocó la guitarra hasta que me quedé dormida a su lado (algo que no le sentó muy bien).
Al día siguiente me hizo subir al tejado y vencer mi miedo. Mi amo siempre me quita un miedo cuando voy, una manía que tiene como otra cualquiera. Me obligó a tener los pies en paralelo y quitarme las bragas, mientras arreglábamos las tejas descolocadas y quitábamos las tejas rotas y luego me dejó de pie y sola un buen rato, bajo el sol, mirando el horizonte y totalmente quieta.
Después de aquello se fue a hacer unas gestiones y me dejó sola en casa. Recogí, limpié la casa y me puse a trabajar hasta que llegó. Después de comer, esta vez, no me dejó dormir la siesta. Pasé de rodillas y a cuatro patas buena parte de la tarde, también apoyada en la chimenea con el culo al aire... no entraré en más detalles.
Hablamos mucho, muchísimo. También estuve un buen rato escuchándole tocar, con mi bata de terciopelo abierta y el cinturón por corbata y las piernas entreabiertas para que me mirara mientras tocaba.
Convencido estaba de que teníamos la suerte de estar juntos porque "no han sabido verte, no han sabido mirarte, no han sabido tratarte". Me hizo sentir hermosa. Me hizo sentirme amada y me hizo sentir importante para él. No accedió a azotes ni a sesión dura porque, a su juicio, no estoy en condiciones de soportarlo y para eso tengo que tener un peso "x" (eso me suena de antes). Un peso que, hoy por hoy, no tengo la menor intención de adquirir. Aunque creo que eso depende de mí mucho menos de lo que parece, mi cuerpo tiene su propio criterio.
La despedida fue fría y extraña. Me regaló unos coches de juguete para mi hijo y nos prometimos que no pasaría tanto tiempo hasta el próximo encuentro. Por el camino tuvo a bien escucharme, era la primera vez que lo hacía de verdad y sentí que verdaderamente tiene la intención de que esto funcione.
En nuestros encuentros le llamo "mi amo" cuando él me lo pide y él me llama "su puta" cuando le place. Fuera de eso, es sólo (y es nada más y nada menos) algo que nace, algo que se afianza, algo posible. Pero también sé que tenemos los días contados. Hasta ahora él también lo sabía, pero me pregunto, después de este último encuentro, si él es tan consciente como yo de que esta historia, si bien hermosa, está condenada a ser breve.
Su recibimiento fue frío, me dió dos besos con un suspiro helado y me ayudó a cargar la pesada maleta en el maletero. Decidí esperar que se le pasara tratando de no hablar de más para no meter la pata (mi especialidad).
En el camino me quité el cinturón de seguridad para quitarme el vestido de punto y lucir el de lycra roja que llevaba debajo. En el camino puse mi mano en su entrepierna y abrí las mías y su enfado pasó rápidamente (o eso me dejó creer).
Paramos en un bar y pidió sendas tapas. No le gusta que me haga de rogar cuando me dice "come" y comí sin rechistar, a sabiendas de que sólo eran tapas y después vendría un plato fuerte. Como siempre, reparó en mi delgadez, pero dejó el tema para más tarde.
Al llegar a casa nos pusimos cómodos, servimos la mesa, comimos bien y luego se ausentó unos minutos, que yo aproveché para cambiar mis medias de nylon por un conjunto de rejilla agujereado muy bonito y mis botas planas por unas botas de tacón. Cuando regresó le esperaba junto a la chimenea, exhibiendo el conjunto que lucía bien bonito y que me hacía sentir tan hermosa. Mi amo, que sabe de mis complejos y autoexigencias en torno a mi cuerpo, no escatimó en halagos y me advirtió que sería lento y tierno, en parte porque ambos estábamos físicamente muy cansados de toda la semana, en parte porque sabía de mi necesidad de ternura y en parte porque después de mi última visita al ginecólogo temía abrir la herida (que a pesar de todo se abrió más tarde). Mi amo se empeñó en labrar mi paciencia y aguantarme las ganas, alejándose cuando lo creía conveniente para aumentar mi deseo y prolongar el placer. Comprobó que tenía mi coñito arreglado como a él le gusta (todo lo contrario a lo que le gustaba al anterior amo, también lo hacía para probar ese desligue) y me obligó a acariciarlo en su presencia, lamiendo de cuando en cuando mis dedos para humedecerlos.
Llevé el traje de mallas tanto tiempo como él quiso y luego me dejó medio enganada hasta la noche. Eligió el descanso y rehuyó mis caricias porque vio necesario que yo descansara, ya que el insomnio y el exceso de trabajo habían hecho estragos conmigo.
Pasamos la noche bajo la tormenta huracanada que destrozó medio tejado. Vigilamos la chimenea, sostuvimos la puerta, cerramos las ventanas y nos quedamos aislados (ni televisión, ni teléfono, ni internet...). Cuando amainó el viento tocó la guitarra hasta que me quedé dormida a su lado (algo que no le sentó muy bien).
Al día siguiente me hizo subir al tejado y vencer mi miedo. Mi amo siempre me quita un miedo cuando voy, una manía que tiene como otra cualquiera. Me obligó a tener los pies en paralelo y quitarme las bragas, mientras arreglábamos las tejas descolocadas y quitábamos las tejas rotas y luego me dejó de pie y sola un buen rato, bajo el sol, mirando el horizonte y totalmente quieta.
Después de aquello se fue a hacer unas gestiones y me dejó sola en casa. Recogí, limpié la casa y me puse a trabajar hasta que llegó. Después de comer, esta vez, no me dejó dormir la siesta. Pasé de rodillas y a cuatro patas buena parte de la tarde, también apoyada en la chimenea con el culo al aire... no entraré en más detalles.
Hablamos mucho, muchísimo. También estuve un buen rato escuchándole tocar, con mi bata de terciopelo abierta y el cinturón por corbata y las piernas entreabiertas para que me mirara mientras tocaba.
Convencido estaba de que teníamos la suerte de estar juntos porque "no han sabido verte, no han sabido mirarte, no han sabido tratarte". Me hizo sentir hermosa. Me hizo sentirme amada y me hizo sentir importante para él. No accedió a azotes ni a sesión dura porque, a su juicio, no estoy en condiciones de soportarlo y para eso tengo que tener un peso "x" (eso me suena de antes). Un peso que, hoy por hoy, no tengo la menor intención de adquirir. Aunque creo que eso depende de mí mucho menos de lo que parece, mi cuerpo tiene su propio criterio.
La despedida fue fría y extraña. Me regaló unos coches de juguete para mi hijo y nos prometimos que no pasaría tanto tiempo hasta el próximo encuentro. Por el camino tuvo a bien escucharme, era la primera vez que lo hacía de verdad y sentí que verdaderamente tiene la intención de que esto funcione.
En nuestros encuentros le llamo "mi amo" cuando él me lo pide y él me llama "su puta" cuando le place. Fuera de eso, es sólo (y es nada más y nada menos) algo que nace, algo que se afianza, algo posible. Pero también sé que tenemos los días contados. Hasta ahora él también lo sabía, pero me pregunto, después de este último encuentro, si él es tan consciente como yo de que esta historia, si bien hermosa, está condenada a ser breve.
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