No era ni más ni menos egoísta que un amo. Ni más ni menos inteligente. Ni más ni menos creativo. Ni más ni menos sensible. Ni más ni menos apasionante. La diferencia no era más que pura dialéctica. Hubiera sido más sencillo si hubiera sido sumisa (su sumisa, quiero decir). La distancia y el tiempo vuelven a ser los infames asesinos de la emoción. Ha desaparecido, como si el viento le hubiera soplado de mi vida. Esta vez le he dejado ir, sin trauma, sin llanto, sin nostalgia. Como si nada hubiera pasado. Como si se tratara de un sueño. No he aprendido a ocultar mis emocioenes. Se trata de algo mucho más terrible que la represión: he aprendido a elegirlas. No sé si he ganado sabiduría o si he perdido humanidad. Me sorprende el frío con el que dejo suceder las cosas, la calma con la que he aprendido a aceptar que las cosas sucedan o dejen de suceder. He aprendido a vibrar con la misma facilidad que dejar de hacerlo, a voluntad, según conviene a mis intereses, a las circunstancias. Aparto de la emoción todo aquello que no me resulta útil y todos los recuerdos son sueños que recuerdo con la misma implicación con la que podría recordar una película... y soy capaz de contar las cosas como si nada tuvieran que ver conmigo y me pregunto hasta dónde sería capaz de llegar.
Sobrevivo el día a día estrujando los minutos, valorando cuanto hago en virtud del tiempo. Olvidando a menudo que el tiempo pasa, sucede, no es algo que pueda ganarse o perderse. El tiempo sucederá de todos modos. Pero me muevo en torno al segundero, en círculos. Extraño modo de avanzar: en círculos. En torno a decisiones urgentes y emergentes, confundiendo lo más urgente con lo más importante, incluso sin importarme lo más importante. Me da todo lo mismo. Delego mis decisiones al segundero de mi reloj _sí a la derecha, no a la izquierda_, porque en realidad todo da lo mismo.
No me he tomado la molestia de llamar siquiera para saber si está vivo o muerto. Doy por hecho que es un modo más de abandono. Diez días sin noticias. No busco noticias. no las quiero siquiera. Me he hecho inmune al abandono. Me rindo a la evidencia de mi propia incapacidad de amar realmente y me enfrento día a día al reto de dirigir mi vida yo sola.
Ceder la libertad es cómodo. Me gustaba que un amo decidiera por mí hasta el color de mi ropa porque la libertad me resulta incómoda. Y la libertad me resulta incómoda porque no creo en mí misma.
No soy una sumisa, sólo un alma perdida que buscaba el guía equivocado. No existen las decisiones erróneas, existen los resultados inesperados.El éxito y el fracaso son tan relativos como la belleza, la utilidad de las cosas, o los monólogos graciosos.
Yo solo deseaba confiar intensamente en alguien... y eso podré seguir haciéndolo siempre; lo deprimente es que la confianza no es más que una expectativa depositada en alguien ajeno a ti, por lo que el porcentaje de posibilidades de que se quiebre es demasiado alto.
No me siento derrotada porque mi amante haya decidido desaparecer de mi mapa. A estas alturas es algo a lo que me he acostumbrado. Me siento derrotada porque he descubierto mi invalidez emocional para confiar y amar realmente. Lo sospechaba. Pero ahora lo veo tan claro que me doy miedo.
Cuando todo deja de importante sientes la soledad en estado puro y realmente es una sensación desgarradora. Tanto así que esta vez no es que me hayan abandonado, es que he decidido que me abandonen. Y lo he deseado con tanta fuerza que se ha cumplido.
Anoche soñé que una mujer dormía y que entre sus piernas había un cuenco repleto de arroz y que de mis pechos brotaba leche y amamantaba a mi propio hijo. Es un sueño de buen augurio, tal vez significa que algo nuevo se está gestando y que lo mejor está por venir.
No estoy triste. No estoy mal... lo que sucede es que estoy... como si no estuviera. Tal vez a fuerza de costumbre se me ha agotado la capacidad de decepcionarme.
domingo, 5 de junio de 2011
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