Creé este blog con una ilusión y una intención muy diferente a las palabras que lo han alimentado. Como la sumisa del único amo que he tenido. Breve pero intenso, el recuerdo de aquellos días se me quedó grabado para lo bueno, lo malo y lo peor.
Deseo aclarar que en ningún momento quise transmitir nada negativo acerca de las personas que quise y sigo queriendo. Que siempre se ha tratado de hablar de mis emociones, de cómo evolucionaban, me envolvían y me hacían crecer... o menguar. Todo es subjetivo y parte de mis emociones más intensas.
Las palabras son putas que cobran caro. Lo dije y lo repito. Me ha costado el silencio de personas que se han dolido de ellas, aunque las dije sin intención de herir. Algo que lamento profundamente. Ni me arrepiento ni tiene sentido arrepentirse. Sí que lamento no haber encontrado la palabra precisa y el silencio oportuno. Haber callado lo que quería decir y que me haya reventado como una granada en las entrañas. Haber hablado cuando debí callar para que mis palabras de viento se volvieran contra mí lanzadas como piedras.
Desde aquí pido perdón si hice daño, aunque creo que pagué (y con creces) mis delitos: el delito de sentir más allá de lo que podía comprender y de esperar que se entendiera exactamente lo que pretendía decir.
No tiene sentido continuar, al menos de momento. Equivoqué el camino y ahora no encuentro el norte.
Yo necesito algo más. Tal vez algo diferente.
He abandonado aspectos más importantes, o igualmente importantes. Le he dado la espalda a la Magia y ahora la Magia me ha dado la espalda a mí.
Quiero algo más. Todo es poco. Nada parece suficiente. Es hora de volver a mi rincón seguro. Es hora de parar en mi enloquecida huída hacia ninguna parte. Partir de cero para no seguir llenándome de vacío.
Esto que suena a despedida, es una despedida. Me niego a seguir caminando sin saber a dónde voy. No puedo seguir dándome de ostias contra la pared. Me voy a volver loca. Necesito parar. Me lo merezco.
Gracias al señor Txiria por haberme mostrado algo de mí que yo desconocía y por continuar estando ahí, siempre atento, educado, dispuesto a tenderme la mano.
Gracias a Satén, por sus sabias palabras y su lógica aplastante.
Gracias a Moravecman por soportarme durante horas al teléfono.
Gracias a Dulce por quemarme la oreja y por arrancarme capas.
Gracias a Edmond, último testigo de mis coletazos de entrega.
Gracias a aquellos que no conozco pero que me han apoyado con sus palabras.
Gracias a los que un día estuvieron ahí aunque un día decidieran dejar de estar ahí.
Si se me olvida alguien... gracias y perdón, no tengo "el chichi pa farolillos" _que diría una persona muy querida del IRC.
Gracias y hasta siempre.
martes, 11 de mayo de 2010
miércoles, 5 de mayo de 2010
puede ser?
De cuando en cuando miro atrás y se me llena el ombligo de nostalgia y de preguntas difíciles de formular, más aún de responder. Soy cauta pero amanece y te busco. Llego a casa y te busco. Duermo contigo y me gusta saberte ahí. Haces los minutos interesantes y amenos. A veces me tanteas, lo noto, me enorgullece y me asusta no estar a la altura. El pasado se revuelve y protesta. Quisiera que todo hubiera sucedido de otro modo. Aprendí, gocé, sentí y también lloré... anoche incluso me abatió pensar en ello. Me gobierna aquella sensación de impotencia, de poner todo mi empeño en hacer que las cosas funcionaran y no saber hacerlo; aquel repentino latigazo en el alma que me rompió en dos, a veces parece que para siempre.
Un gesto de lo más inocente por mi parte desencadenó una oleada de reproches que precipitaron un final que tal vez era inevitable. Pero nunca lo he acabado de comprender y creo que nunca voy a comprenderlo. Ya no me esfuerzo.
Supe que parte de mi destino estaba sellado y que una parte de mí estará vacía sin la orden, sin el sentimiento de protección, sin el azote... sin la entrega. Aún no borré los mensajes, cuando el otro día por casualidad los descubrí en el teléfono y los releí uno por uno descubriendo aquella ternura que ya no recordaba y cómo me llenaban aquellos pequeños gestos que querían decir "me importas".
Es útil haberlo vivido. Todo cobra sentido pasado un tiempo y sé que todo sucede por una razón. Me apena haber desatado del todo algunos lazos, pero creo que hice lo correcto. Me alegra mantener otros. De cuando en cuando, cuando miro atrás, sonrío. Creo que es una buena señal.
Ahora te veo y me crecen flores en los pies. ¿Cuándo sabemos que estamos preparados para empezar de nuevo? Siempre parece perfecto mientras sucede. Una sumisa es tan frágil cuando se entrega de veras... y yo no conozco otro modo. Me di plenamente. Me di en la medida de mis posibilidades, que tal vez no resultaron suficientes. Pero si bien las formas no acababan de pulirse lo cierto es que el fondo estaba ahí y era perfecto. Lo era. No deseaba más. No necesitaba pedir más. Mi único deseo radicaba en transmitir exactamente lo que quería expresar, en que se interpretaran mis gestos de un modo justo. Sólo deseaba sentir que no había modo de desatar una tormenta en un segundo. Confiar. No sentir sobre mi cabeza la espada de Damocles, la amenaza constante, el reproche perpetuo. Quería hacer las cosas bien.
Me comparaba entonces con un niño hiperactivo que traté hace mucho tiempo que me dijo "yo quiero ser bueno, pero no sé cómo".
Y, claro, si admitiera en este instante que no puse toda la voluntad posible, que podía haber hecho más de lo que hice, que no puse toda la carne en el asador todo sería mucho más sencillo. Bastaría con esforzarme más. Pero como no está ahí la respuesta porque el sentimiento era pleno y la intención era máxima, no tengo garantías de que no volvería a suceder lo mismo.
Así que me debato entre el deseo de pertenecer a esa voz que me calla en dos palabras, o dejar que la prudencia y el miedo hagan el equipo perfecto para construir la muralla perfecta, infranqueable, que me proteja de volver a sentir aquel dolor tan intenso.
A veces veo en mí a una valiosa persona, a una sumisa maravillosa con mucho que entregar, mucho que ofrecer. Pero tan valiosa como un billete de 500 euros, las leyendas urbanas dicen que existen, partido en dos, incapaz de recomponerlo. Dos medios billetes no valen nada.
Entretanto, pienso en ti, te busco y me permito fantasear.
Un gesto de lo más inocente por mi parte desencadenó una oleada de reproches que precipitaron un final que tal vez era inevitable. Pero nunca lo he acabado de comprender y creo que nunca voy a comprenderlo. Ya no me esfuerzo.
Supe que parte de mi destino estaba sellado y que una parte de mí estará vacía sin la orden, sin el sentimiento de protección, sin el azote... sin la entrega. Aún no borré los mensajes, cuando el otro día por casualidad los descubrí en el teléfono y los releí uno por uno descubriendo aquella ternura que ya no recordaba y cómo me llenaban aquellos pequeños gestos que querían decir "me importas".
Es útil haberlo vivido. Todo cobra sentido pasado un tiempo y sé que todo sucede por una razón. Me apena haber desatado del todo algunos lazos, pero creo que hice lo correcto. Me alegra mantener otros. De cuando en cuando, cuando miro atrás, sonrío. Creo que es una buena señal.
Ahora te veo y me crecen flores en los pies. ¿Cuándo sabemos que estamos preparados para empezar de nuevo? Siempre parece perfecto mientras sucede. Una sumisa es tan frágil cuando se entrega de veras... y yo no conozco otro modo. Me di plenamente. Me di en la medida de mis posibilidades, que tal vez no resultaron suficientes. Pero si bien las formas no acababan de pulirse lo cierto es que el fondo estaba ahí y era perfecto. Lo era. No deseaba más. No necesitaba pedir más. Mi único deseo radicaba en transmitir exactamente lo que quería expresar, en que se interpretaran mis gestos de un modo justo. Sólo deseaba sentir que no había modo de desatar una tormenta en un segundo. Confiar. No sentir sobre mi cabeza la espada de Damocles, la amenaza constante, el reproche perpetuo. Quería hacer las cosas bien.
Me comparaba entonces con un niño hiperactivo que traté hace mucho tiempo que me dijo "yo quiero ser bueno, pero no sé cómo".
Y, claro, si admitiera en este instante que no puse toda la voluntad posible, que podía haber hecho más de lo que hice, que no puse toda la carne en el asador todo sería mucho más sencillo. Bastaría con esforzarme más. Pero como no está ahí la respuesta porque el sentimiento era pleno y la intención era máxima, no tengo garantías de que no volvería a suceder lo mismo.
Así que me debato entre el deseo de pertenecer a esa voz que me calla en dos palabras, o dejar que la prudencia y el miedo hagan el equipo perfecto para construir la muralla perfecta, infranqueable, que me proteja de volver a sentir aquel dolor tan intenso.
A veces veo en mí a una valiosa persona, a una sumisa maravillosa con mucho que entregar, mucho que ofrecer. Pero tan valiosa como un billete de 500 euros, las leyendas urbanas dicen que existen, partido en dos, incapaz de recomponerlo. Dos medios billetes no valen nada.
Entretanto, pienso en ti, te busco y me permito fantasear.
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