Generalmente decimos esta frase seguida de un pero y una comparación de hecho. Y es que a veces resulta inevitable realizar comparaciones porque nuestros esquemas mentales los necesitan para realizar evaluaciones sobre nuestras situaciones vitales.
Lo que más me gustaba (y me gusta, mantenemos contacto) de mi ciber-amo era que siempre sabía a qué atenerme con él. Era consciente en todo momento de las acciones que le gustarían o le disgustarían, tal vez no hasta qué grado, pero nunca me llevé sorpresas desagradables del tipo "pensar que estoy haciendo algo bien cuando según él lo estoy haciendo fatal". Mis palabras decían exactamente lo que querían decir y provocaban en él el efecto esperado. Y lo único que me desconcertaba (y me desconcierta de él) es el grado de poder que puede llegar a tener sobre mí con una sola palabra. Él no tenía que devanarse los sesos para encontrar el mejor modo de explicarme las cosas, lo entendía a la primera. Sabía las emociones que provocaba en él. Una pena inmensa tenerle a miles de kilómetros.
Desde que llevo el cuello desnudo mido, evalúo y comparo porque a menudo siento que tengo el poder de elegir. He recuperado esa sensación de poder tan desagradable que me invade a veces, cuando me parece pasear por las salas del chat una analogía de las grandes superficies en las que sale una agotada de calibrar calidad-precio. Y es que a mí no me gusta nada, pero nada, ir de compras. Por suerte a mi "amo" nunca se le ocurrió mandarme a comprar un boli al Corte Inglés, ni obligarme a permanecer media hora buscando un libro entre miles de libros o a elegir una prenda entre miles de prendas.
Por eso mismo mis estancias en el irc son cada vez más breves, o me limito a permanecer en los lugares de siempre, salas pequeñitas en las que haya poco movimiento y no resulte tan pesaroso seguir un conversación.
Absorbida como estoy con el trabajo y mis cosas, mi vida social se reduce todavía más de lo que estaba y cada día me cuesta más esfuerzo tomarme la molestia de quedar con alguien, arreglarme, maquillarme, salir y aguantar horas fuera y entrar en sitios de chumba-chumba-pum-pum a espantar moscones. Y aquí me quedo, ojeando de cuando en cuando los catálogos de amos expuestos en escaparate, pavoneando su poderío a través de guiones aprendidos de memoria y mostrando a menudo a través de una cam un gesto de prepotencia insoportable (cuando no mascando chicle con la boca abierta y cara de asco). A menudo cierro o no me molesto en entrar de nuevo cuando cae la conexión y me decanto por un café a las puertas del teatro. Algunas comedias aburren. Y el IRC me parece, cada día más, una mascarada inmensa y agotadora. A pesar de todo, me ha acercado a unas cuantas almas que valen la pena.
Cuando mi ex y yo fuimos a comprar un piso, no nos quedamos con el primero que vimos por eso de que hay que comparar y tal y Pascual. El caso es que pasadas un par de semanas el primer piso habia subido tres millones. Además, pasado un tiempo nos dimos cuenta de que con bastante probabilidad, el primero era el mejor.
Sigo pensando que el mejor amo que he conocido fue el primero, aquel a quien rechacé como sumisa y como pareja y, que a día de hoy, sigue estando ahí, vigilando de cerca mis pasos. Ya no trata de evitar mis caídas. Pero está ahí, con la mano tendida, para cuando mi orgullo se digne a dejar que me levante.
Y es que las comparaciones son odiosas pero...
miércoles, 24 de marzo de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario