Recuerdo una observación que hice hablando con un amigo cuando le comentaba sobre mi relación con Txiria y compañía. Fue cuando Txiria observó mi delgadez y me ordenó engordar cuando curiosamente enfermé y empecé a adelgazar a lo bestia. Llegué a pesar 45 kgs. Hoy por hoy peso 49 kgs. Era una especie de rebelión. Fue cuando Txiria comentó que mi cuerpo no le gustaba especialmente cuando empecé a observarme con más detenimiento. Ahora me contemplo frente al espejo y lo cierto es que este cuerpo mío que tantos comentarios de menosprecio ha recibido en los últimos meses me parece precioso, a mi y a quien tiene la fortuna (sí, fortuna) de contemplarlo. A pesar del descuido e ignorancia habituales a los que lo tengo sometido y al maltrato que le doy en cuanto a alimentación, falta de ejercicio, hacerle pasar frío... sigue siendo agradecido. Me gusta mi cuerpo cuando lo miro: mis pechos jóvenes aún, mis pezones de adolescente, mi vientre liso... el culo caído, pero bueno, en conjunto mi cuerpo es bonito y me gusta. Debería ponerle un poco de más cuidado, a fin de cuentas, sólo tengo este.
Me pregunto si tengo un problema cuando me gusta un cuerpo que sé que a la mayoría le resulta delgado en exceso, si no me estoy dejando llevar por los cánones de moda y me preocupa la incipiente tripita, esa que yo veo y que no ve nadie más y me alegro cuando una prenda que compré hace dos semanas porque todo me quedaba grande, se me queda grande también y me apena no caber en unos pantalones en los que no recuerdo haber cabido nunca. Me pregunto si no tengo un problema cuando me preocupa más el rechazo que la aprobación, el rechazo de personas que apenas conozco o que no conozco ni me importan. Me pregunto si acaso no estoy prestando demasiada atención a mi cuerpo para olvidar problemas reales, o verdaderos rechazos no sobre mi cintura, sino sobre mi persona. Yo creo que no me pesan los kilos. Creo que me pesa el orgullo desmedido, los recuerdos encadenados y el intento de hacer lo contrario a lo que tiempo atrás hubiera sido la satisfacción de otro. Creo que a veces no me mueve la búsqueda hacia algo que deseo, sino la huída de algo que no deseo. Siempre he dicho que cuando te mueves en dirección opuesta a lo que temes, en lugar de en dirección a aquello que deseas, te estás moviendo mal, estás basando tu vida en un error de conceptos. No podemos dirigirnos hacia "no algo". Es importante tenerlo presente.
No tengo muy claro cual es mi deseo en torno al mundo bdsm. Mis escasas experiencias han resultado una catástrofe para mi autoestima y me han dejado mucho más dolor del que esperaba y, si soy sincera conmigo misma, creo que mucho más dolor del que merecen. Y este cuerpo mío, que hoy por hoy nadie toca, nadie mira, nadie disfruta, parece estar movido por la inercia de ser lo contrario al deseo de otro, del último otro que lo usó para su goce (y, seamos honestos, también para el mío).
Me entristece mirarlo, verlo tan hermoso, saber que estas formas tienen los días contados y que nadie más lo mire, que nadie más lo toque, que nadie más lo goce, que nadie más lo use. Me entristece y me asusta pensar que mi cuerpo es como una de esas flores hermosas que crecen en el interior de una gruta sin que nadie más las vea, como una muestra de que la belleza es gratuíta y existe más allá de la contemplación ajena.
Pero cuando se me acerca un presumible observador, catador, amo, amante... pretendiente... me las apaño para seguir manteniendo oculto este tesoro, este templo. A lo mejor porque me resulta insoportable la idea de volver a escuchar un juicio que suene a rechazo o menosprecio.
Lo que aprendemos durante nuestra infancia y primera adolescencia se nos queda grabado a fuego y cincel. Yo fui un patito feo, dulce pero feo. Ahora no soy un bello cisne, pero soy igual de antipática.
Al próximo que le ponga fallos a mi cuerpo le meto los cojones en la máquina del zumo y le hago beber su propia leche.
martes, 23 de febrero de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario