Regresaste mi dueño, rondando la media noche, como siempre. A escondidas de tu esclava, como siempre. A tocarme el alma con la suave yema de tus dedos y a susurrarme al oído lo que sabes que me gusta escuchar, a cambio de decirte lo que quieres oír (quien dice oír, dice leer; quien dice decir, dice escribir). Y siempre me haces lo mismo y sabes que sigo siendo tuya, quiera o no quiera, aunque te haya renegado docenas de veces. Vuelves y vuelves y te marchas de repente, como siempre, dejándome medio desnuda con el rostro empapado de deseo y mis ojos buscando tu nombre en el rastro que dejaste. No te vas. No acabas de irte. Y regresas, como si nada hubiera pasado, como si hubiera sido ayer, burlando el tiempo y encerrándolo entre paréntesis, como si nunca hubieran existido los días de tristeza, como si nunca hubiera sucedido el abandono, como si nunca hubiera dejado de quererte. Relegada. Escondida. Esta noche te he dado lo que has querido, salvo una cosa: creerte. No creo en ti. Por eso no puedes ser mi amo. Por eso nunca podré ser tuya. Porque mentiste y ya nunca podría volver a creer en ti. Las promesas que no se cumplen son las horcas de la entrega. Lo peor de todo es que después de no creer en ti, no puedo creer tampoco en nadie.
Y si, me he puesto de rodillas, me ha latido el corazón y he sido casi tuya... casi tuya, mi casi dueño. Pero ya no puedo ignorar la distancia. Ni puedo ignorar que tienes otras perras a tu alcance. Ni puedo ignorar las esperas vacías y... sobre todo, no puedo ignorar el hecho de que me resulta imposible confiar en ti.
Vale, he sido tuya un instante. Te he revivido un momento pero eso sólo me demuestra una cosa, tal vez dos: una, que sigo siendo una perra. Otra, que me da lo mismo tú que otro. Y por eso, por que me da lo mismo, no puedo ser hoy por hoy la sumisa de nadie. Porque me da exactamente igual.
viernes, 12 de febrero de 2010
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