Existe un curioso síndrome neurológico denominado "miembro fantasma" que sucede a personas a las que ha sido amputado un miembro de su cuerpo, generalmente una mano, un brazo, una pierna, un pie... que siguen sintiendo que el miembro que les falta sigue ahí y sienten frío, calor, dolor...; si cerramos los ojos y nos pinchan en el dedo índice sabemos el dedo que nos han pinchado, aunque no lo veamos. El sujeto afectado por este síndrome también siente lo mismo, sólo que el dedo, no está ahí. La explicación en este caso es muy simple: las conexiones neurológicas que conectaban el dedo al cerebro siguen estando ahí (amputadas, pero existen) y la información sigue llegando al cerebro.
No sabría cómo explicar el síndrome del collar fantasma. Sé que después de arrancado el collar su presencia se sigue sintiendo durante un tiempo. Durante un proceso de duelo razonable, seguiremos sintiendo el deseo de servir a un amo que ya no está ahí. Adoramos al Amo fantasma. Lo adoramos, lo añoramos, le "servimos", le soñamos, le anhelamos... y a veces hasta le odiamos. El día siguiente no es mucho mejor que el anterior, pero hay un día después, un día después del día después y un día después del día después del día después... y así sucesivamente hasta el final de los tiempos en que, por suerte, las conexiones neuronales que unían los recuerdos a las emociones se disipan cada día más y se pasa de la ansiedad a la tristeza, de la tristeza a la indiferencia y puede que un día hasta sonriamos recordando ciertos momentos buenos y hasta nos riamos de los malos. Lo cierto es que se pasa.
Abandonar un mal recuerdo no es demasiado diferente a abandonar un mal hábito. Existe cierta compensación psíquica y hasta social cuando nos regodeamos en el dolor de la pérdida, probamos la paciencia de nuestros amigos, nos permitimos caprichos como comer de más, fumar de más, beber de más... amparados en ese estado de ánimo en el que nos hemos sumergido de un modo involuntario pero en el que nos mantenemos voluntariamente, porque la lamentación es más cómoda que levantarse y seguir adelante; reconocer nuestros errores más incómodo que echar la culpa al otro; sentirnos culpables más fácil que aceptar nuestra imperfección y tratar de ser mejores... pero mejores no para otro, sino para nosotros mismos.
Cuando el amo se marcha una se siente desamparada; ha desaparecido alguien que decidía pequeñas cosas por nosotros, una incomodidad que hemos de volver a asumir; que nos hacía sentir protegidos. Ahora tenemos que tomarnos la molestia de cuidar de nosotros mismos. Un apoyo, una muleta sin la que tendremos que aprender a caminar... (y a veces se camina más deprisa sin muletas; lo único, es que tendremos que saber a dónde vamos, a dónde queremos ir)
Para sentirse realizado y feliz no es necesario un amo... de verdad que no. Nuestra vida tiene sentido sin un amo. Tenemos una tendencia que podemos decidir satisfacer o no, en virtud de otras tendencias que también pueden hacernos sentir bien. La sumisión puede ser una vía válida para descubrirse, superarse y conocerse. Pero hay otras.
No hago aquí una apología anti-sumisión porque sería ir en contra de mí misma. Pero sí me he dado cuenta de que las dependencias son inventos de la mente. La vida tiene sentido sin el otro; lo tenía antes y lo tiene ahora. La autorrealización tiene múltiples caminos. Y, desde luego, lo que no tiene sentido es mantener voluntariamente una situación en la que nos sentimos aprisionados, agobiados, tristes o ansiosos porque el sentido del bdsm no debe ser ese. Y si estamos en esa situación es absurdo esperar que nos arranquen el collar. Padeceremos el síndrome del amo fantasma y luego volveremos a sentirnos igualmente libres. Dios está en la mente de los hombres. El Amo en la mente de la sumisa.
Hay un día después en el que ya no duele. Un día después en el que ya sonríes. Y un día después en el que ya no te da miedo que vuelva a sucederte lo mismo, porque el dolor se olvida, como los malos partos.
Yo aún no estoy en ese punto. No tengo un amo ni necesidad de tenerlo. Ahora mi entrega se vuelca en mi trabajo. Pero, como dije, estoy bien. Me siento bien
martes, 9 de febrero de 2010
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