martes, 23 de febrero de 2010

La pelota en el tejado ajeno.

Lamento que la verdad duela a veces; pero no lamento decir la verdad.
Lamento que persistan los recuerdos desagradables; pero no lamento reconocer a través de ellos mis limitaciones como sumisa y como persona.
Lamento la ignorancia de las personas que quiero; pero no lamento el orgullo que me impide perder la perspectiva de mi propia valía y mendigar dejando mi dignidad a un lado.
Lamento si transmito a veces dolor... debe ser porque a veces siento dolor.
Lamento la victoria del miedo sobre el deseo; lamento la persistencia de la insensatez; lamento las heridas en los pies. Pero no lamento contemplar el camino y todo lo que en él estoy aprendiendo.
Lamento la pérdida; pero no la evolución que de ella se deriva.
Lamento reconocer que salgo ganando, pero ser demasiado vanidosa como para que me moleste que otros no lo vean así.
Lamento mis limitaciones... sí, esas que me hacen tan... humana.
Esto empieza a convertirse en una costumbre, pero lamento si mis post han herido los sentimientos de alguien. Repito que si ha sido así, no es mi intención, tal vez una consecuencia inevitable. Pero no lamento utilizar este medio como vía libre de expresión, pensamiento y aprendizaje; ni lamento sacudirme por este medio las basuritas del alma. Creo que es bueno ver la cara y la cruz de las cosas; disfrutar de las rosas sin ignorar las espinas. Si la consecuencia, o una de esas consecuencias, resulta ser que alguien me retire la palabra pues... lo lamento (y mucho); pero elijo ser yo misma, elegir cuándo y dónde serlo (por sistema, siempre) y asumir las consecuencias.
Lamento escribir demasiadas lineas a riesgo de que la mayor parte del personal no sepa leer entre ellas o decida escoger sólo unas cuantas. Lamento las muestras de intolerancia, la escasez de miras y el victimismo del verdugo. Lamento no ser lo que otros esperan que sea... pero no lamento ser yo misma y no dejar de serlo.
Lamento que duela la verdad. Pero no lamento no ampararme en las mentiras para obtener más cariño y respeto. Tampoco lamento dejar el silencio para cuando me amordacen. Tampoco lamento saber que... sea lo que sea, con el más mínimo gesto derribaría mis muros y sería la misma de siempre.
Lamento tener muros altos... pero me encanta que sean de goma.
Si te reconoces... te quise y te sigo queriendo. Si no te reconoces... pues también. Desde el corazón, no hay muros. Pero ahora las cosas son un poco diferentes. La pelota está en tu tejado. No me da igual lo que hagas con ella, pero no esperes que me quede mirando desde abajo a que vuelvas a lanzarla. La amistad, tal como yo la concibo, no admite posiciones de superioridad respecto al otro, nisiquiera cuando están cargadas de buenas intenciones.
Lamento que la pelota esté en tejado ajeno... pero es que tengo muchas pelotas. Dejo mi sobredosis de orgullo en manos del amo capaz de doblegarlo.

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