Hace unos días, tras un desencuentro, tomé la determinación de enviar mi collar a Txiria. Así que cuando llegó el lunes compré un sobre acolchado, olí y besé el collar y lo metí dentro. Supe relativamente pronto que no quería regresar a los pies de Txiria. No tenía más que dar. La comunicación estaba estancada y no estaría mejor nunca. Como si habláramos idiomas diferentes. Sin embargo, no sentirme suya era otra historia. Así que no he enviado el collar hasta que han pasado unos días en los que mi primer pensamiento matinal ha sido sustituído por otros. Dar ese paso requería una sucesión de pequeños pasos, pasos forzados, pequeños gestos. A fin de cuentas, es también una serie de pequeños gestos los que llevan a una sumisa a interiorizar su rol. Así que he tenido que caminar en sentido opuesto dejando de realizar ciertas acciones e incluso realizando acciones opuestas a las que llevaba a cabo siendo suya.
Comencé a conocer a otras personas e incluso inicié (y mantengo) una relación con un músico ególatra que me descubrió nuevos placeres... y nuevos desencantos. No estoy enamorada, ni enganchada. De hecho no creo que dure mucho tiempo, pero de momento me vale para evadirme.
Abandoné hábitos y prácticas rutinarias y utilicé técnicas diversas para desintoxicarme como "parada de pensamiento", "el cronómetro" y "el despertador".
Ayer al fin decidí que estaba lista para dar el paso. Vacilé. Lo confieso. Pero lo hice. Me vestí hermosa y me maquillé. ABrigué bien a mi hijo y dimos un paseo hasta correos. Junto a nosotros caminaban mis pades, mi hermano y mi perro. Me despedí de ellos en la puerta de correos y entré con mi hijo. Esperaba un coste económico mayor. Fueron apenas unos céntimos, el collar no pesaba tanto y, qué extraño, a mí me pesaba una tonelada. No es sencillo decir adiós. Dejé el collar atrás y me metí con mi hijo en uno de los lugares del mundo en los que más feliz me siento: en una super-papelería-librería, rodeada de libros de todas clases que llegaban al techo, libretas, bolígrafos, rotuladores... Compré a mi hijo un libro para colorear y unas ceras que destrozó en cuestión de minutos. Al salir nos reencontramos con mis padres y mi hermano. El perro ya no estaba con ellos. Mi hijo notó su ausencia y yo pensé "qué curioso, he dicho adiós a dos collares al mismo tiempo". No lloré; ni por un collar ni por otro. Sentí la ausencia de ambos y no sabía por cual de ellos sentirme más afligida.
No volveré a tener un perro. Tampoco volveré a tener un amo. Ama y perra destronada al mismo tiempo. Las ausencias son extrañas. Un aura de silenciio me rodeó hasta media tarde, cuando fui a tomar té con una amiga que me obligó a llevar su coche y me preocupé más por no destrozárselo y luego me ocupé en nuestra conversación.
Llegó la noche. Pensé en llamar a mi amante pero no lo hice. Se adueñó de mí un intenso dolor lumbar y dorsal, fruto de la tensión de los últimos días y las últimas horas y me pudo el desencanto. Me dormí junto a mi hijo pensando en los momentos felices del día y en los momentos felices que están por llegar.
El alivio hoy supera la tristeza. El alivio de no ver sufrir a mi perro. El alivio de mi liberación. Tal vez ahora sea capaz de mostrar mi mejor lado, ajena a dolores y rencores que salpican a todo el mundo a todas horas.
hadadescalza se ha marchado. La mandé por correo ordinario a Bilbo.
Estoy tranquila. Siento paz. Estoy bien.
domingo, 7 de febrero de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

Me gusta cómo te expresas.... en serio. Soy Zequi, y he de decirte que una vez leído todos tus pensamientos/sentimientos, quiero que sepas que estoy aquí para lo que necesites y también decirte, por qué no... me gustaria conocerte algún día en persona. Muchos besos y muchos ánimos.. eres fuerte.
ResponderEliminargracias :***
ResponderEliminar