martes, 23 de febrero de 2010

La pelota en el tejado ajeno.

Lamento que la verdad duela a veces; pero no lamento decir la verdad.
Lamento que persistan los recuerdos desagradables; pero no lamento reconocer a través de ellos mis limitaciones como sumisa y como persona.
Lamento la ignorancia de las personas que quiero; pero no lamento el orgullo que me impide perder la perspectiva de mi propia valía y mendigar dejando mi dignidad a un lado.
Lamento si transmito a veces dolor... debe ser porque a veces siento dolor.
Lamento la victoria del miedo sobre el deseo; lamento la persistencia de la insensatez; lamento las heridas en los pies. Pero no lamento contemplar el camino y todo lo que en él estoy aprendiendo.
Lamento la pérdida; pero no la evolución que de ella se deriva.
Lamento reconocer que salgo ganando, pero ser demasiado vanidosa como para que me moleste que otros no lo vean así.
Lamento mis limitaciones... sí, esas que me hacen tan... humana.
Esto empieza a convertirse en una costumbre, pero lamento si mis post han herido los sentimientos de alguien. Repito que si ha sido así, no es mi intención, tal vez una consecuencia inevitable. Pero no lamento utilizar este medio como vía libre de expresión, pensamiento y aprendizaje; ni lamento sacudirme por este medio las basuritas del alma. Creo que es bueno ver la cara y la cruz de las cosas; disfrutar de las rosas sin ignorar las espinas. Si la consecuencia, o una de esas consecuencias, resulta ser que alguien me retire la palabra pues... lo lamento (y mucho); pero elijo ser yo misma, elegir cuándo y dónde serlo (por sistema, siempre) y asumir las consecuencias.
Lamento escribir demasiadas lineas a riesgo de que la mayor parte del personal no sepa leer entre ellas o decida escoger sólo unas cuantas. Lamento las muestras de intolerancia, la escasez de miras y el victimismo del verdugo. Lamento no ser lo que otros esperan que sea... pero no lamento ser yo misma y no dejar de serlo.
Lamento que duela la verdad. Pero no lamento no ampararme en las mentiras para obtener más cariño y respeto. Tampoco lamento dejar el silencio para cuando me amordacen. Tampoco lamento saber que... sea lo que sea, con el más mínimo gesto derribaría mis muros y sería la misma de siempre.
Lamento tener muros altos... pero me encanta que sean de goma.
Si te reconoces... te quise y te sigo queriendo. Si no te reconoces... pues también. Desde el corazón, no hay muros. Pero ahora las cosas son un poco diferentes. La pelota está en tu tejado. No me da igual lo que hagas con ella, pero no esperes que me quede mirando desde abajo a que vuelvas a lanzarla. La amistad, tal como yo la concibo, no admite posiciones de superioridad respecto al otro, nisiquiera cuando están cargadas de buenas intenciones.
Lamento que la pelota esté en tejado ajeno... pero es que tengo muchas pelotas. Dejo mi sobredosis de orgullo en manos del amo capaz de doblegarlo.

viernes, 12 de febrero de 2010

Una perra sin lealtad es como una correa sin hebilla

Regresaste mi dueño, rondando la media noche, como siempre. A escondidas de tu esclava, como siempre. A tocarme el alma con la suave yema de tus dedos y a susurrarme al oído lo que sabes que me gusta escuchar, a cambio de decirte lo que quieres oír (quien dice oír, dice leer; quien dice decir, dice escribir). Y siempre me haces lo mismo y sabes que sigo siendo tuya, quiera o no quiera, aunque te haya renegado docenas de veces. Vuelves y vuelves y te marchas de repente, como siempre, dejándome medio desnuda con el rostro empapado de deseo y mis ojos buscando tu nombre en el rastro que dejaste. No te vas. No acabas de irte. Y regresas, como si nada hubiera pasado, como si hubiera sido ayer, burlando el tiempo y encerrándolo entre paréntesis, como si nunca hubieran existido los días de tristeza, como si nunca hubiera sucedido el abandono, como si nunca hubiera dejado de quererte. Relegada. Escondida. Esta noche te he dado lo que has querido, salvo una cosa: creerte. No creo en ti. Por eso no puedes ser mi amo. Por eso nunca podré ser tuya. Porque mentiste y ya nunca podría volver a creer en ti. Las promesas que no se cumplen son las horcas de la entrega. Lo peor de todo es que después de no creer en ti, no puedo creer tampoco en nadie.
Y si, me he puesto de rodillas, me ha latido el corazón y he sido casi tuya... casi tuya, mi casi dueño. Pero ya no puedo ignorar la distancia. Ni puedo ignorar que tienes otras perras a tu alcance. Ni puedo ignorar las esperas vacías y... sobre todo, no puedo ignorar el hecho de que me resulta imposible confiar en ti.
Vale, he sido tuya un instante. Te he revivido un momento pero eso sólo me demuestra una cosa, tal vez dos: una, que sigo siendo una perra. Otra, que me da lo mismo tú que otro. Y por eso, por que me da lo mismo, no puedo ser hoy por hoy la sumisa de nadie. Porque me da exactamente igual.

martes, 9 de febrero de 2010

El día después

Existe un curioso síndrome neurológico denominado "miembro fantasma" que sucede a personas a las que ha sido amputado un miembro de su cuerpo, generalmente una mano, un brazo, una pierna, un pie... que siguen sintiendo que el miembro que les falta sigue ahí y sienten frío, calor, dolor...; si cerramos los ojos y nos pinchan en el dedo índice sabemos el dedo que nos han pinchado, aunque no lo veamos. El sujeto afectado por este síndrome también siente lo mismo, sólo que el dedo, no está ahí. La explicación en este caso es muy simple: las conexiones neurológicas que conectaban el dedo al cerebro siguen estando ahí (amputadas, pero existen) y la información sigue llegando al cerebro.
No sabría cómo explicar el síndrome del collar fantasma. Sé que después de arrancado el collar su presencia se sigue sintiendo durante un tiempo. Durante un proceso de duelo razonable, seguiremos sintiendo el deseo de servir a un amo que ya no está ahí. Adoramos al Amo fantasma. Lo adoramos, lo añoramos, le "servimos", le soñamos, le anhelamos... y a veces hasta le odiamos. El día siguiente no es mucho mejor que el anterior, pero hay un día después, un día después del día después y un día después del día después del día después... y así sucesivamente hasta el final de los tiempos en que, por suerte, las conexiones neuronales que unían los recuerdos a las emociones se disipan cada día más y se pasa de la ansiedad a la tristeza, de la tristeza a la indiferencia y puede que un día hasta sonriamos recordando ciertos momentos buenos y hasta nos riamos de los malos. Lo cierto es que se pasa.
Abandonar un mal recuerdo no es demasiado diferente a abandonar un mal hábito. Existe cierta compensación psíquica y hasta social cuando nos regodeamos en el dolor de la pérdida, probamos la paciencia de nuestros amigos, nos permitimos caprichos como comer de más, fumar de más, beber de más... amparados en ese estado de ánimo en el que nos hemos sumergido de un modo involuntario pero en el que nos mantenemos voluntariamente, porque la lamentación es más cómoda que levantarse y seguir adelante; reconocer nuestros errores más incómodo que echar la culpa al otro; sentirnos culpables más fácil que aceptar nuestra imperfección y tratar de ser mejores... pero mejores no para otro, sino para nosotros mismos.
Cuando el amo se marcha una se siente desamparada; ha desaparecido alguien que decidía pequeñas cosas por nosotros, una incomodidad que hemos de volver a asumir; que nos hacía sentir protegidos. Ahora tenemos que tomarnos la molestia de cuidar de nosotros mismos. Un apoyo, una muleta sin la que tendremos que aprender a caminar... (y a veces se camina más deprisa sin muletas; lo único, es que tendremos que saber a dónde vamos, a dónde queremos ir)
Para sentirse realizado y feliz no es necesario un amo... de verdad que no. Nuestra vida tiene sentido sin un amo. Tenemos una tendencia que podemos decidir satisfacer o no, en virtud de otras tendencias que también pueden hacernos sentir bien. La sumisión puede ser una vía válida para descubrirse, superarse y conocerse. Pero hay otras.
No hago aquí una apología anti-sumisión porque sería ir en contra de mí misma. Pero sí me he dado cuenta de que las dependencias son inventos de la mente. La vida tiene sentido sin el otro; lo tenía antes y lo tiene ahora. La autorrealización tiene múltiples caminos. Y, desde luego, lo que no tiene sentido es mantener voluntariamente una situación en la que nos sentimos aprisionados, agobiados, tristes o ansiosos porque el sentido del bdsm no debe ser ese. Y si estamos en esa situación es absurdo esperar que nos arranquen el collar. Padeceremos el síndrome del amo fantasma y luego volveremos a sentirnos igualmente libres. Dios está en la mente de los hombres. El Amo en la mente de la sumisa.
Hay un día después en el que ya no duele. Un día después en el que ya sonríes. Y un día después en el que ya no te da miedo que vuelva a sucederte lo mismo, porque el dolor se olvida, como los malos partos.
Yo aún no estoy en ese punto. No tengo un amo ni necesidad de tenerlo. Ahora mi entrega se vuelca en mi trabajo. Pero, como dije, estoy bien. Me siento bien

domingo, 7 de febrero de 2010

Collares

Hace unos días, tras un desencuentro, tomé la determinación de enviar mi collar a Txiria. Así que cuando llegó el lunes compré un sobre acolchado, olí y besé el collar y lo metí dentro. Supe relativamente pronto que no quería regresar a los pies de Txiria. No tenía más que dar. La comunicación estaba estancada y no estaría mejor nunca. Como si habláramos idiomas diferentes. Sin embargo, no sentirme suya era otra historia. Así que no he enviado el collar hasta que han pasado unos días en los que mi primer pensamiento matinal ha sido sustituído por otros. Dar ese paso requería una sucesión de pequeños pasos, pasos forzados, pequeños gestos. A fin de cuentas, es también una serie de pequeños gestos los que llevan a una sumisa a interiorizar su rol. Así que he tenido que caminar en sentido opuesto dejando de realizar ciertas acciones e incluso realizando acciones opuestas a las que llevaba a cabo siendo suya.
Comencé a conocer a otras personas e incluso inicié (y mantengo) una relación con un músico ególatra que me descubrió nuevos placeres... y nuevos desencantos. No estoy enamorada, ni enganchada. De hecho no creo que dure mucho tiempo, pero de momento me vale para evadirme.
Abandoné hábitos y prácticas rutinarias y utilicé técnicas diversas para desintoxicarme como "parada de pensamiento", "el cronómetro" y "el despertador".
Ayer al fin decidí que estaba lista para dar el paso. Vacilé. Lo confieso. Pero lo hice. Me vestí hermosa y me maquillé. ABrigué bien a mi hijo y dimos un paseo hasta correos. Junto a nosotros caminaban mis pades, mi hermano y mi perro. Me despedí de ellos en la puerta de correos y entré con mi hijo. Esperaba un coste económico mayor. Fueron apenas unos céntimos, el collar no pesaba tanto y, qué extraño, a mí me pesaba una tonelada. No es sencillo decir adiós. Dejé el collar atrás y me metí con mi hijo en uno de los lugares del mundo en los que más feliz me siento: en una super-papelería-librería, rodeada de libros de todas clases que llegaban al techo, libretas, bolígrafos, rotuladores... Compré a mi hijo un libro para colorear y unas ceras que destrozó en cuestión de minutos. Al salir nos reencontramos con mis padres y mi hermano. El perro ya no estaba con ellos. Mi hijo notó su ausencia y yo pensé "qué curioso, he dicho adiós a dos collares al mismo tiempo". No lloré; ni por un collar ni por otro. Sentí la ausencia de ambos y no sabía por cual de ellos sentirme más afligida.
No volveré a tener un perro. Tampoco volveré a tener un amo. Ama y perra destronada al mismo tiempo. Las ausencias son extrañas. Un aura de silenciio me rodeó hasta media tarde, cuando fui a tomar té con una amiga que me obligó a llevar su coche y me preocupé más por no destrozárselo y luego me ocupé en nuestra conversación.
Llegó la noche. Pensé en llamar a mi amante pero no lo hice. Se adueñó de mí un intenso dolor lumbar y dorsal, fruto de la tensión de los últimos días y las últimas horas y me pudo el desencanto. Me dormí junto a mi hijo pensando en los momentos felices del día y en los momentos felices que están por llegar.
El alivio hoy supera la tristeza. El alivio de no ver sufrir a mi perro. El alivio de mi liberación. Tal vez ahora sea capaz de mostrar mi mejor lado, ajena a dolores y rencores que salpican a todo el mundo a todas horas.
hadadescalza se ha marchado. La mandé por correo ordinario a Bilbo.
Estoy tranquila. Siento paz. Estoy bien.

lunes, 1 de febrero de 2010

El buen humor

Esencial para que todo se acorte, para que duela menos o para que deje de doler, para ver la realidad desde otra perspectiva y hacer la vida más grata. Lo malo es que a menudo mi humor es gris, negro, verde... tengo un sentido del humor multicolor que a menudo desconcierta y hasta desquicia. Y sobre todo, cuando hago uso de mi sentido del humor inteligente. Ese me trae muchos problemas porque pocos lo entienden. Qué se le va a hacer? estoy rodeada de idiotas.
Los días soleados no obstante me ponen de buenas. Por supuesto que me apena que algunas personas hayan pasado por mi vida y se hayan ido de aquella manera. Tanto de este entorno como de otros, hablo en general. Por supuesto que no me agrada ver a alguien a quien he querido y quiero mucho y que no nos saludemos por x razones, el orgullo la primera. Pero lo llevo con buen humor.
Tal vez tengamos mejores tiempos o tal vez nuestros tiempos han terminado para siempre. Mi puerta sigue abierta y sé que si llamaran serían bienvenidas. Yo sé que pueden contar conmigo, eso me basta. No puedo hacer más.
Me siento querida, arropada y a veces dominada... no está mal para ir tirando.

lunes, 25 de enero de 2010

De corazón

Siento intensamente cada instante y también siento el agotamiento que me provoca sentir tan intensamente. Siento el deseo y la carencia, el alma y la distancia, y los sueños pequeñitos que me pican en la planta de los pies cuando quiero dormirme; el deseo constante de salir corriendo, la prisa por llegar a alguna parte, el asco y el hastío del siempre lo mismo, la nostalgia de los buenos tiempos ahora tan lejanos y la alegría de saber que no lo tengo todo.
Es tarde; ando dándole vueltas a las sábanas frías, al inmenso hueco de todas las noches que se me agarra a los tobillos cuando me hago un ovillo y me sobran tres cuartos de la cama.
Sé que tengo que madrugar y sin embargo siempre me da pereza irme a dormir. Me he vuelto adicta a las dos de la mañana. Nunca las paso en pijama siquiera. Sólo ver el paquete de tabaco vacío me empuja a hacerlo para no pasar el mono. Mis cambios de humor me están volviendo loca y volviendo loco a todo el mundo.
A veces una simple reflexión sobre mis emociones me convierte en una clase de monstruo traidor que no valora la amistad... en fin, cosas mías.
Sigo pensando que desearía no haber dado ciertos pasos. Eso no significa que no valore el lado bueno de las cosas. Simplemente, que preferiría no haber pasado por otras, aunque eso significara perder "lo bueno". La experiencia nos vuelve prudentes. A saber cuántas veces perdemos una vivencia genial por culpa de la prudencia... y cuántas veces al día salvamos la vida a causa de ella.
En dos días he borrado dos direcciones de correo por orgullo. Ahora que ando sin amo se me desmide y me gobierna. Gobierna todos los actos de mi vida. Soy más intolerante, irascible e insolente. También más desconfiada, crítica y desmedida en mis excesos.
Me aburren la mayoría de las personas y la mayoría de los minutos. Sólo hay dos cosas en el mundo que son siempre bienvenidas: los libros y mi hijo... bueno, y los amigos (los buenos amigos)... y el chocolate (el suizo solo) ... y el café (de Colombia o Etiopía a ser posible)... y los primeros bostezos... y el trabajo bien hecho... y los olivos nevados... y el sol gitano... y la buena mesa... mmmm definitivamente y la luz de la cantidad de cosas que me estimulan y me hacen dichosa no, no estoy en fase depresiva. Sólo en fase jodiente.
Sé que no soy una persona horrible. Me consta que todos los seres humanos tienen pensamientos horribles. No es horrible pensar y sentir cosas horribles; nisiquiera verbalizarlas es horrible. Es, como mucho, incómodo.
Mi ex solía reprocharme que su enfado provocara mi enfado. Al final yo estaba enfadada porque él estaba enfadado y llegábamos a una situación absurda que afortunadamente siempre nos hacía reír.
Hace dos días me pasó lo mismo. Me enfadé porque alguien se enfadó. Hay que joderse.
Al respecto puntualizo que...
1. Me sigo arrepintiendo de haber tomado decisiones que me han llevado al dolor porque, hoy por hoy, en mi memoria, sigue pesando más lo malo que lo bueno. Lo cual no significa que no aprecie ni agradezca el lado bueno. Sólo que pesa menos. Soy una mujer pesimista; es mi naturaleza, qué se le va a hacer.
2. No culpo a nadie de mis emociones negativas. Las vivo, las pienso, las palabreo y a veces hasta las publico, pero son mías y sobre ellas tengo la responsabilidad de alimentarlas, ignorarlas o suprimirlas. Sólo yo soy responsable del modo en que permito que las cosas me afecten, al menos en gran medida. Y de hecho, es algo que me alivia mazo porque si mi bienestar dependiera de otros entonces sí que estaba perdida. Pero, en consecuencia, tampoco me responsabilizo de la malinterpretación o sobreinterpretación que se haga de mis palabras o mis actos, muy especialmente porque sí que he escrito cosas realmente ofensivas que podrían hacer muchísimo daño y esas están encriptadas, precisamente para no herir a nadie.
3. Aclarar y puntualizar que mi arrepentimiento implica una decisión clara respecto a lo que haría si tuviera de nuevo la ocasión de vivir más de lo mismo. El arrepentimiento significa que si pudiéramos, no decidiríamos lo que en su día decidimos, porque era una decisión equivocada o simplemente porque tuvo consecuencias nefastas (al menos, incómodas) por lo tanto nunca regresaría a sus pies. Las perritas degolladas no vuelven a ninguna parte. Están muertas.
4. ¿Dónde queda la amistad? ... por mi lado, en el mismo sitio. Sigo admirando, sigo queriendo y sigo estando ahí, con la salvedad de que dada mi condición de no-sumisa, o al menos sumisa-sin-dueño o sumisa-retirada, no me doblego. La amistad es un cara a cara. Así que no admito ciertos tonos, salidas de tono, juicios hirientes... o cualquier actitud en la que se me trate como a una sumisa, porque no lo soy. Han cambiado los términos. El fondo, el mismo. En términos de lealtad y bondad, modestia aparte, soy de lo mejorcito que conozco (lo sé, el mundo es un asco).
5. No hay traición. No hay clavadas por detrás (y si las hubiera me las pido, que ando carente). No hay desagradecimiento. No hay falsedad (de hecho, es mi exceso de sinceridad el que me acarrea problemas). No hay olvido de risas y de buenos momentos (sólo un excesivo e hiriente recuerdo de los malos _bajo mi responsabilidad_). No hay culpables (yo tampoco). Tampoco he dejado de hablar a nadie.
Por último, mi blog no admite censura externa. La censura es la que yo impongo (hacia la publicidad y hacia la ofensa, lógico) y seguirá siendo lo que es, un cúmulo de pensamientos sin orden ni concierto que publico para sentirme escuchada, para compartir algo o por pura vanidad. Y algunos borradores que no publico porque... si los seres humanos supiéramos lo que pensamos los unos de otros en todo momento dejaríamos de hablarnos para siempre y sería una lástima, porque a pesar de las barbáridades que pensamos de cuantos nos rodean, el caso es que nos queremos.
Estoy segura que de mí se han pensado y dicho auténticas barbaridades, críticas desmedidas, ideas equivocadas y hasta verdades como puños. Y hasta es posible que algunas de esas palabras hayan sido pensadas, escritas y/o pronunciadas por los mismos que en un momento dado puedan darse por aludidos/ofendidos con las mías. La diferencia estriba en que las mías están aquí y pueden leerse, interpretarse, malinterpretarse, girarse, retorcerse, sobrevalorarse y descontextualizarse. Lo dejo a elección del lector y le advierto que corre el riesgo de crearse una dolorosa e inútil realidad paralela. Y hablo por este blog y por el otro y el otro (salvo por el cuaderno de improperios, creado expresamente para despotricar y ofender, cuya mayoría de entradas se encuentra encriptada a fin de evitar que me claven un puñal _o dos_ en una esquina oscura). Advierto asímismo que sólo son palabras escritas por una aficcionada mediocre sin título nobiliario alguno, que no sabe lo que quiere y probablemente nunca lo sabrá y cuyo valor humano está en el mismísimo centro de la campana de Gauss.
Dicho esto, de corazón, con él en la mano... las emociones nos hacen humanos; los lechos de rosas eternos no existen y cuando lo hacen son un criadero de gilipollas integrales. Por tanto, es lógico y humano arrepentirse, es humano odiar, es humano reir, es humano recordar, es humano llorar, es humano echar la culpa a otro, es humano mentirse a sí mismo, es humano enfadarse, es humano escupir, es humano reprochar lo irreprochable y es irreprochable desear lo imposible.
Si pudiera regresar al día 15 de agosto, hubiera vuelto a casa después de cenar. Tendría más de lo que tengo ahora. Tendría más de lo que tenía el 14 de agosto. Me hubiera perdido algunos momentos intensos, pero no hubiera tenido que lamentar una pérdida, ni tenido que superar un duelo, ni se me hubiera creado esta inmensa costra que me impide vivir intensamente experiencias nuevas. No hubiera tenido que vivir bajo la impotencia de no transmitir lo que deseaba o de no comprender a quien quería. Por eso me arrepiento. No deseo recuperar lo que tuve. Lo único que desearía es no haberlo tenido, para no vivir el dolor de perderlo. Y en este lamento no culpo de nada a nadie y nadie ha de lamentarse sino yo, ni ofenderse por nada. Desearía no haber pasado un mal trago ¿Quién no?. Eso es todo.
Espero que haya quedado claro.
Sé que te reconocerás.

Un abrazo

miércoles, 20 de enero de 2010

Nunca mais?

¿Cuándo deja de suceder el amor? ¿Cómo sabes que realmente ha terminado? ¿Cuando, al recordarlo, no te afecta? ¿Cuando amas a otra persona? ¿Cuando te cortas el pelo y te vas de viaje?
¿Cuándo dejas realmente de pertenecer a un amo? ¿Cuando el amo pone fin a la historia? ¿Cuando dejas de vestirte como a Él le gusta? ¿Cuando dejas de hacer lo que solía pedirte? ¿Cuando haces expresamente lo que solía prohibirte? ¿Cuando deseas no pertenecerle?
He dejado de hacer lo que tenía que hacer por pertenecerle. Empecé por dejar de enviarle e-mails. Luego dejé de llamarle. Luego volví a fumar mucho (y sigo fumando muy mucho). He vuelto a calzar pantalones; he vuelto a disfrutar del sexo sin temor ni medida. Aún no he tenido los santos cojones de cortarme el pelo, ni de meter el collar en un sobre acolchado, ni de pasar un solo día sin recordarle sin hacerme preguntas.
Sigo pensando que es desmedido. Que todo es desmedido: lo que se me exigió, lo que di, lo que duró el dolor, lo que dura el recuerdo... todo se sale de madre de un modo absurdo. Quisiera estar ya anestesiada contra su recuerdo. Quisiera que mis recuerdos fueran lejanos. Querría que mis emociones fueran mucho menos intensas o desaparecieran del todo. A menudo me arrepiento de haber vivido aquello y quisiera no haberles conocido siquiera o no haber cruzado la linea, o haber mantenido la promesa que hice a Gabriel de no ser de otro antes que suya. Sé que todas estas cábalas de nada sirven ya.
En realidad y en términos generales me siento bien. En pro de mi bienestar y equilibrio centro mi tiempo y esfuerzo en el trabajo y en mi hijo. Cuando una deja de ser de alguien lo primero que nota una vez que pasa la tormenta es una ganancia de tiempo increíble. Antes me faltaba tiempo para todo. Ahora también, pero tengo más tiempo que antes y a veces los días se hacen hasta largos.
Estoy feliz. Despierto casi siempre con la sonrisa puesta; nunca me voy a la cama triste, angustiada o enfadada _la tónica habitual en las últimas semanas de la relación_. Tengo tiempo de hacer trabajos manuales (juguetes de cartulina para mi hijo); leo libros, navego, blogueo... de vez en cuando me reuno con un músico ególatra con toques de amo avainillado que se somete a mi deseo de ser sometida y me premia con conciertos magistrales con su guitarra eléctrica. En breve tenemos planeado un encuentro a tres para saciar nuestra fantasía de un trío (me gustan los tríos con dos mujeres; lo sé, soy el sueño de todo varón). Casi no pone trabas a mis fantasías; despierta mi instinto animal y mi niña interior. Por suerte vive lo bastante lejos como para tardar en aburrirme.
HE engordado ya ocho kilos y tengo un aspecto alegre, descansado y saludable. Estoy bien follada. He ganado. He ganado y sin embargo no hay un sólo día en que no me venga su mirada a la memoria; el collar sigue guardado en el cajón y el hada de plata sobre la mesita de noche y ... no me he cortado la melena. Son estos tres gestos los que me revelan que aún tengo dueño, que el sentimiento de pertenencia aún no ha terminado.
No quiero ser su sumisa. No quiero ser sumisa. Soy libre. Pero no me siento libre. Aún no.
He decidido dejar de ser sumisa. He decidido obviar, renunciar, asesinar a la puta sumisa que llevo dentro, acabar con ella para siempre, matarla de hambre. Para eso me dedico a alimentar otras facetas que tenía olvidadas, semiabandonadas o a las que prestaba menos atención. Puedo hacerlo. Si decidí no enamorarme más hace seis años y lo he conseguido también puedo decidir no someterme nunca más.
No puedo recuperar a Damadescalza. Otra persona ha registrado ese nick pero ya no entro en canales BDSM con nick de sumisa porque, aunque no soy ama, no soy sumisa.
Si quieres ser jefe vístete como un jefe, compórtate como un jefe, habla como un jefe, piensa como un jefe y algún día serás jefe. Si quieres ser no-sumisa, deja de actuar como tal. Para dejar de ser, dejar de hacer.
Así que he dejado de rasurarme, me visto comporto y actúo contrariamente a como lo hacía siendo la perrita de Txiria y un día me sorprenderé en la peluquería para volver a llevar mi look de francesita con melena corta y rapadito por detrás y sabré que ya no pertenezco a nadie.
No quiero ser la sumisa de Txiria. No quiero ser la sumisa de nadie.
Soy poderosa. Soy libre. Soy indomable. Soy rebelde. Soy lo que quiero. Follo cuando quiero. Fumo cuanto quiero. Me visto como deseo. Nunca más de rodillas.