Como mi padre, el amo se ríe pa dentro. No me imagino a un amo dando una orden con una sonrisa cálida y ancha... me lo imagino, pero nunca lo he visto. Sin embargo, sabiendo mirar a los ojos, sabiendo leer entre lineas un poquito, se puede ver en la expresión de su rostro la sonrisa de satisfacción, el orgullo velado, esa anchura de ego que se les pone a los amos cuando saben a su sumisa a sus pies.
Mi necesidad de servir a otro, de satisfacer a otro, de sentirme de otro, se me desmide a veces hasta tal punto de que me da la impresión de que le abriría mi alma a cualquiera que se acercara... el alma no pero... mi cuerpo pertenece de un modo gratuíto y amplio a cualquiera que se ponga a mi alcance, hombre o mujer, un deseo inagotable de satisfacer, servir, sentirme de... que resulta agotador. Mi desconfianza también es amplia; no tanto hacia otros como hacia mí misma, mi desconfianza en mi propia capacidad de no cagarla, como la cagué con mi primera experiencia... y ese miedo es tan largo y veo tan lejos la posibilidad de realizar lo que quiero que me conformo con pequeños sorbos de entrega a veces con la certeza de que no podré volver a entregarme nunca de verdad a nadie.
Alguien que no nombraré me dijo "todo lo hiciste mal"... ese eco me quema la sangre. No conozco a nadie tan capacitado para cagarla con todo el equipo como yo misma. Lo pagué caro, lo pago caro... me sale tan caro como sentirme incapaz de volver a intentarlo de veras. Cuando algo parece nacer algo en mí se rebela y retuerce como si rociaran mis demonios con agua bendita. Mi sonrisa también se me encripta, no sea que se note demasiado que algo me hace sentir bien... noto a veces, en los momentos más mágicos, cómo mi expresión se torna seria... en ese momento jugaría de puta madre al pócker.
Sé que no puedo pretender repetir nada. Lo vivido está vivido (por suerte buena o por suerte mala) y cada persona, cada experiencia es única. Tampoco está ya en mi mano reparar nada, una vez siendo camarera por salvar un café tiré una bandeja entera... de sobra está decir que cayó también el café y dos o tres camareros... la torpeza es parte de mí y está en manos de mi amo tratar de pulirla... o al menos disimularla.
Ahora, que parece que empiezo a sentirme bien con uno me pregunto... cuánto tiempo tardaré en cagarla de nuevo. O si tendré tiempo de hacerlo. No obstante, sonrío para adentro... como hace él de cuando en cuando; algo que me encanta de él es que también se ríe.
viernes, 25 de junio de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

Nunca nadie es el culpable de todo. Siempre hay dos partes, y ambas son responsables, tal vez alguna en grado mayor, pero ambas lo son, unas veces por acción y otras por omisión.
ResponderEliminarEl camino está plagado de caídas, lo importante es desear levantarse y afrontar cada una de éstas.
Anhelas servir... si eso es lo que anida en tu corazón... sin duda pronto llegará aquél que guíe tus pasos.
Saludos y ánimos.